El Imperio de la Costumbre y la Comodidad (Gustavo González Urdaneta)

 

El Imperio de la Costumbre y la Comodidad

Gustavo González Urdaneta

Miami 3 abril 2022

 

La costumbre es un hábito que se adquiere mediante la práctica o repetición frecuente de un determinado acto, de tal forma que se convierte en una actitud que forja el carácter de una persona o de una comunidad. En ambos casos conforma su idiosincrasia distintiva que se van  transmitiendo de una generación a otra, ya sea en forma de tradición oral o representativa, o como instituciones. En el caso de las comunidades permiten distinguirlas de otras por sus danzas, fiestas, comidas, idioma o artesanía. Con el tiempo, estas costumbres se convierten en tradiciones.

 

La existencia de la costumbre depende de la presencia de dos elementos, el objetivo o material y el subjetivo o psicológico o espiritual. Para que se dé el primero, la costumbre debe ser uniforme, constante, de largo uso, practicado por toda o la mayoría de la comunidad  y que sea conocida por todos. El elemento subjetivo se da cuando existe la firme creencia por parte de la comunidad de que el hecho practicado es una necesidad jurídica, y que, por tanto, es obligatorio.

 

Generalmente se distingue entre las que cuentan con aprobación social (buenas costumbres), y las consideradas "malas costumbres", que son relativamente comunes y asociadas a los vicios, pero que no cuentan con la aprobación social, y suelen promulgarse leyes para tratar de modificar las costumbres.

 

Para Aristóteles los hábitos correspondientes son principalmente algo atinente a la voluntad y algo moral ya que la virtud es el conjunto de hábitos voluntarios buenos en cambio el vicio se debe al conjunto de malos hábitos voluntarios. David Hume considera que la costumbre es equiparable al hábito sin embargo a diferencia de Aristóteles quien considera que la costumbre se debe a la moral, Hume considera que las costumbres se originan en repeticiones que sirven para explicar "nuestras" creencias en la existencia del mundo exterior o en las relaciones causales. Así es que, según Hume, las costumbres sirven para explicar al mundo.

 

Oriana Fallaci dijo "La costumbre es la más infame de las enfermedades porque te hace aceptar cualquier desgracia, cualquier dolor, cualquier muerte. Por costumbre se vive junto a personas odiosas, se aprende a llevar cadenas, a padecer injusticias y a sufrir. Se resigna uno al dolor, a la soledad, a todo. La costumbre es el más despiadado de los venenos porque penetra en nosotros lenta y silenciosamente, y crece poco a poco, nutriéndose de nuestra inconsciencia. Cuando descubrimos que la tenemos encima, cada una de nuestras fibras está adaptada, cada gesto se ha acondicionado y ya no existe medicina que puede curarla",  Según Charles Dickens "El hombre es un animal de costumbres", mientras que Quino -sarcásticamente- a través de Mafalda, complementó que "más bien de costumbre el hombre es un animal".

 

Pero hay costumbres que ayudan el desarrollo y crecimiento integral de la persona, y otras que obstaculizan, dificultan e imposibilitan esta maduración. Por eso se establece la distinción entre buenas y malas costumbres. Hay veces en que la costumbre se convierte en una alienante tradición que esclerotiza, que paraliza y neutraliza el acceso al paraíso de los sueños, que clausura la fábrica de la sorpresa y la innovación, que no permite que el ser humano intente afrontar nuevos retos y desafíos. En estos casos, la costumbre se transforma en una camisa de fuerza que maniata toda aspiración e impide enarbolar los ideales de las personas. Hay costumbres anquilosadas que inmunizan la mente, estrangulan el corazón y aniquilan el alma.

 

Las tradiciones familiares contribuyen al desarrollo de los niños de diversas maneras. A través de ellas aprenden sobre valores, fortalecen su identidad y autoestima y desarrollan su personalidad. Además, generan un espacio donde se les provee de cariño, respeto, seguridad y diversión. El respeto de las tradiciones enriquece el conocimiento de los niños acerca de su familia. Estas reuniones permiten que él mismo observe el papel que cumple cada integrante y sea testigo de las diferencias entre las generaciones. De este modo, aprenderá a respetar las diferencias y sabrá desenvolverse con personas de distintas edades. Asimismo, permite que el niño se sienta orgulloso de sus raíces familiares, valorando el esfuerzo de sus padres y abuelos. Cuando crezca verá con agrado tener la responsabilidad de perpetuar estas costumbres en las siguientes generaciones.

 

Hay algunas costumbres que si bien por estar ligadas al desarrollo podrían clasificarse como buenas, su impacto a mediano plazo en la sociedad no debe recibir la misma clasificación. Revisemos algunos ejemplos. En primer lugar estan nuestros hábitos de consumo en los cuales la tendencia ha estado marcada por la lógica de las plataformas, en especial por el streaming. El entretenimiento se consume de forma personalizada, como un traje hecho a la medida de nuestros gustos. Nos sugieren series, tenemos cine al alcance de nuestros dispositivos, música por listas que nosotros generamos, videojuegos en línea, al tiempo que se altera por completo el ecosistema de su producción y distribución de la industria. Lamentablemente estas comodidades de la tecnología nos hacen olvidarnos de nuestra identidad y es una mala costumbre que tiende a perpetuarse.  

 

En segundo ejemplo está la minería de datos que nos ha transformado en consumidores que cada día estamos más expuestos. Google, Facebook, AirBnB, Apple, Microsoft, Uber o Amazon pueden llegar a saber antes que nosotros qué nos puede gustar y se anticipan a sugerirlo. El consumo es solamente una parte del negocio, es muy probable que en ese escenario en constante mutación estemos frente a modelos de disrupción que provocan que la precariedad siga avanzando tanto en el nivel de las representaciones como en el de la vida cotidiana de quienes las imaginan y realizan.

 

La civilización del espectáculo de Vargas Llosa trata sobre un mundo en el que el entretenimiento está en la cima del tapete en la escala de valores actuales, donde pasar un buen rato, escapar del aburrimiento, es una pasión universal. Este ideal de vida es perfectamente legítimo, por supuesto. Solo un fanático puritano podría reprochar a los miembros de una sociedad que desean proporcionar entretenimiento, recreación, humor y diversión a las vidas generalmente enmarcadas por rutinas depresivas y a veces entumecedoras.

 

Pero convertir esa inclinación por pasar un buen momento en un valor supremo a veces no da los resultados que esperamos. Estos incluyen banalizar la cultura, la difusión de la superficialidad y, en el campo específico de la información, la proliferación del periodismo irresponsable, que se alimenta de chismes y escándalos.

 

Esta encomiable filosofía a menudo ha producido el efecto no deseado de trivializar y popularizar la vida cultural, donde cierta trivialidad formal y la superficialidad de los contenidos de los productos culturales se justificaban por el objetivo cívico de alcanzar más usos. Cantidad a expensas de la calidad. Este criterio, una inclinación compartida por los peores demagogos en el ámbito político, causó reverberaciones imprevistas en la esfera cultural, incluida la desaparición de la alta cultura, que es necesariamente una minoría debido a la complejidad y, a veces, inescrutabilidad de sus claves y códigos. Estos son algunos de los riesgos de la nueva costumbre de la masificación del concepto de cultura.

 

Como producto colateral de la pandemia del Covid ha proliferado el comercio de “entrega domiciliaria” que prácticamente después de tres años estamos oliendo a guardado pues ahora todos nos llega a la casa por solicitud en internet. En otros años, no habríamos pensado en pedir el mercado en línea o en dejar de probarnos la ropa antes de comprarla.  También hemos vuelto a costumbres viejas, como la compra por catálogo y a esperar con ansias la llegada del cartero para que nos traiga el paquete deseado. Creíamos que el cartero y los libros impresos desaparecerían de nuestro escenario y no ha sido así. Afortunadamente.

 

Las estructuras de trabajo móviles y achatadas se han convertido en una tendencia reinante. Hace diez años, la gente salía a trabajar a una oficina. El home office era una idea que a muchos les parecía disparatada y sin embargo, empezó a ganar adeptos. Grandes corporativos adoptaron estas opciones, dando oportunidad a que sus trabajadores hicieran sus labores desde la comodidad de su hogar. Algunos resultados han sido gloriosos y otros, sinceramente, han sido desastrosos. Hasta hace unos días, hemos visto como grandes corporativos han decidió aprovechar las facilidades del coworking, han abandonado sus edificios corporativos y han dado la posibilidad a sus equipos de trabajar en ambientes comunitarios en los que conviven, no nada más con sus compañeros de empresa, sino que lo hacen con gente de otras organizaciones. Al igual que el trabajo en casa: ha habido casos de éxito y otros han fracasado.

 

Así como las formas de trabajar se han ido modificado mucho, también la de educación y  estudio. Los programas de educación en línea han ido ganando popularidad. Muchos títulos de licenciatura, especialidad, maestrías y doctorados se han conseguido en programas que no son presenciales. Hoy es más fácil ir a cualquier escuela, sin importar si se vive en una localidad diferente a aquella en la que se encuentra la casa de estudios. Este cambio, si bien no ha tenido mucho efecto en la calidad de la educación pues ella sigue respondiendo a las normas vigentes de cada institucion, si ha afectado la interacción profesor-alumno pues nada puede sustituir la relacion presencial entre ambos, las formas de evaluación y los lazos de amistad que establecimos con nuestros profesores universitarios. Nada puede reemplazar la experiencia y las convivencias con los compañeros de posgrado tanto en nuestro pais cono en el exterior.

 

Algunas costumbres en Venezuela les pueden parecer “anticuadas” para viajeros provenientes de Europa o Estados Unidos, pero esto es resultado de la unión de varios factores. Por un lado, es un país eminentemente religioso y por otro, todavía quedan resabios de costumbres ancestrales.

 

Puede que no haya cambiado ni se sorprendan si detectan un cierto “machismo” en nuestras conversaciones a pesar de que hay muchas mujeres en cargos muy importantes (histórica y culturalmente reservados  a los hombres), se sigue haciendo más énfasis en la “apariencia” de las mujeres, que en sus capacidades. Esto es muy normal para tanto entre los hombres como entre las mujeres. Los venezolanos siempre han puesto especial atención a su vestimenta. Los shorts y las sandalias no son usados habitualmente en las grandes ciudades, pero sí las camisas o camisetas con mangas cortas o sin mangas pero ponemos especial atención al asistir a eventos sociales como misas, bodas, cumpleaños, etc. Somos muy distintos en esas ocasiones.

 

Por otro lado es bien sabido que los venezolanos no suelen ser muy puntuales, sea que se trate de reuniones formales o informales y en las reuniones de negocios no suelen ir directo al tema en cuestión. La costumbre en Venezuela es tener una charla introductoria, incluso sobre temas familiares. Si se trata de un almuerzo o cena de negocios, es probable que se prolongue, ya que es costumbre hablar de temas puramente sociales al mismo tiempo que de los comerciales. En los casos de invitación a una casa de familia, es norma llevar un regalo, como flores, chocolate o una botella de buen vino. Estas son algunas de las costumbres que aún permanecen entre los venezolanos sin importar el régimen bajo el cual vive el pais.

 

Uno de los mejores ejemplos de la vigencia y transformacion del imperio de la costumbre lo tenemos en nuestra lucha de independencia que nos ha sido ofrecida como el episodio cumbre de su historia patria, desestimando la dramática magnitud de los asuntos que estaban involucrados en el proceso. Para la absoluta mayoría de los venezolanos, el valor intrínseco de la independencia , su recordación y relevancia se reduce a un solo y simple aspecto: la ruptura con España. El asunto empezó un 19 de abril de 1810 y luego de numerosas escaramuzas , batallas, triunfos y reveses, se obtuvo la libertad  un 24 de junio de 1821, en las sábanas de Carabobo. La independencia es, entonces, exclusivamente un hecho que marca la epifanía de nuestra nacionalidad, el fin de una época y el comienzo de un nuevo tiempo, sin mayores conexiones con situaciones y procesos que trascienden esa simple y maniquea disputa entre un imperio español, absolutistas y despótico, y unas colonias oprimidas que luchaban con desesperación por su libertad. 

 

Como era de esperar, los hombres que propiciaron la emancipación justificaron su actuación, expusieron a sus contemporáneos la sensatez y consistencia de su causa, procuraron convencer a los incrédulos de los beneficios que acarrearía para todos el acto de ruptura con la metrópolis y ofrecieron una visión funesta de sus contendores y lo que ellos representaban. Nada había en España digno de grata recordación, todos los vicios que podían advertirse en las sociedades hispanoamericanas, las carencia políticas, economicas y educativas de su población, tenían una única razón y un solo origen: el despotismo usurpador de los reyes de España. Así las cosas, la independencia era el acto ineludible y vengador contra el oprobio y el sufrimiento atroz al que se había sometido a un continente entero durante trescientos años de inicua dominación.

 

Se aceptaba, si, que la independencia había sido una guerra civil y que definitivamente había, entre los criollos, defensores de la monarquía  y que existía un trasfondo social en todo aquello, pero no fue hasta unas décadas más tarde que algunos historiadores no sacaron de la caverna a algunos de los más importantes personajes que defendieron la causa realista y que, en consecuencia, habían sido execrados políticamente por sus convicciones y condenados al olvido historiográfico por el mismo motivo. Tomas Straka, en su libro La voz de los vencidos, hace un recorrido por todas aquellas iniciativitas historiográficas que progresivamente permitieron la resurrección critica de los enemigos de la patria.

 

La obra de Straka pone en evidencia el profundo arraigamiento del pensamiento  tradicionalista (realista) y la terrible contradicción que constituía, aun para los defensores de la república (patriotas), arremeter y convencer a una población que había vivido persuadida de que existía una autoridad única, el rey, cuyo mandato provenía del mismismo Dios y que el monarca y sus representantes en la provincia eran los responsables de la tranquilidad, del orden y de la armonía de sus súbditos. Obedecerles en la tierra, seguir las directrices de la corona día a día, era también una manera de complacer al Señor y de avanzar con paso seguro a la vida eterna.

 

La independencia impuso el deslinde de las ideas y costumbres y la construcción de nuevos paradigmas de convivencia política, desprenderse del reino español y construir una nueva nación a partir de premisas radicalmente opuestas a las que nos habían regido durante trescientos años. Este acto de ruptura, esta construcción que echaba por tierra todo lo que había sido legítimo y pertinente para el conjunto de la sociedad tradicional tenía que producir una fuerte reacción que saliera en defensa de lo que siempre habíamos sido. El partido realista es la expresión politica de la defensa de estos valores, de esta manera de entender la realidad en contraposición con el pensamiento de los patriotas.  

 

El rastrear el pensamiento realista nos acerca a la posibilidad de empezar a entender la magnitud de lo ocurrido en aquellas dos dramáticas décadas, durante las cuales se produjo la transformacion de pensamiento y destrucción de un gobierno; la subversión de los principios establecidos; la mutación de las costumbres; el trastorno de la opinión, y el establecimiento en fin de la libertad de un pais de esclavos. Era el cambio de los usos y costumbres inveterados, era toda una mentalidad tradicional opuesta a las innovaciones patriotas, que sólo parecían compartir algunos miembros de la élite. Los conservadores (realistas) por lo común más numerosos, porque el imperio de la costumbre produce el efecto de la obediencia a las potestades establecidas; los reformadores (patriotas) son siempre menos numerosos aunque más vehementes e ilustrados como decía Simon Bolívar en su Carta de Jamaica.

 

Venezuela se ha convertido en un país donde la escasez y la hambruna sobrepasan la dignidad del individuo, donde se han perdido los valores espirituales y morales y la gente anhela lo que no tiene, y eso que no tiene se llama Libertad. Son muy pocas las costumbres que han sobrevivido a este estado de supervivencia que afecta a la mayoría de la población.

 

Además, existe un peligro actual representado por la predisposición de un alto porcentaje de la población venezolana a la obediencia y al sometimiento en una actitud que facilita, tanto a desprenderles su conciencia (intelecto, sentimiento y voluntad), como del sentido de responsabilidad frente a sus acciones al punto de convertirlos en cooperadores en la nefasta conducción de Venezuela, a la luz que la dependencia y la sumisión son esgrimidas por los débiles como razón para poder subsistir en subalterna relación con la tiranía, hasta traducirse en una aparente frialdad e inacción que les invalida su voluntad. El veneno que nos habla Oriana Fallaci.

 

“Una buena costumbre es más fuerte que una ley” Eurípides

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