Apuntes de la Realidad (III): Recuerdos de la adolescencia de mi propia vida (Gustavo González Urdaneta)
Apuntes de la
Realidad (III): Recuerdos de la adolescencia de mi propia vida
Gustavo González
Urdaneta
Miami 8 junio
2022
La adolescencia
es una etapa más de la vida en cada persona. La primera es la infancia,
continúa con la adolescencia, y sigue con la edad adulta y la tercera edad. La
adolescencia se divide en dos periodos: el primero entre los 10 y los 14 años y
el segundo entre los 15 y los 19 años; así el concepto de juventud se sitúa en
los dos periodos, entre los 10 y los 19 años.
Es en ese tiempo
donde crecemos como las plantas; una parte, del tronco a la cabeza, crece como
las hojas y el tallo que van subiendo, buscando nuestro aire y luz que es la
experiencia y el conocimiento y nuestras raíces, de la cintura haca abajo, buscando
nuestra agua y alimentos para
los cambios
anatómicos y fisiológicos que se producen en el organismo y que suelen ser
progresivos en los chicos entre los 12-13 años. La pubertad son los cambios
corporales que se producen principalmente debidos a las hormonas sexuales
(testosterona, progesterona y estrógeno), también influyen los aspectos
genéticos individuales y la alimentación. Durante la adolescencia se producen
muchos cambios en muy poco tiempo, es un proceso psicológico unido al
crecimiento social y emocional que surge en cada persona.
Como dicen
algunos, viajar es buscar nuevas experiencias, ir más allá del horizonte,
salirnos de la raya y podemos cruzar océanos y continentes pero, el viaje más
difícil y peligroso, poblado de aventuras, obstáculos, incertidumbres y
acechanzas, es el viaje que muy pocos se atreven a emprender: el viaje hacia
nosotros mismos, la búsqueda de esa verdad furtiva agazapada en el fondo de
nuestra conciencia. Es cuando, como en estos momentos, nos deslizamos por la
senda ya recorrida, es cuando viajamos por el suave oleaje de la infancia, por
el tsunami de la juventud, por el mar de las pasiones e incertidumbres de la
edad adulta hasta llegar, de nuevo, al
remanso de la tercera edad.
El pasaje, el
boleto de este viaje está en nuestras manos, al alcance de todos. Es la
película de nuestra vida, de corto metraje, de retazos en retazos, esperando
que se mantenga ese aliento muscular que nos ha permitido vivir intensamente y
poder viajar sin extraviarnos en la desvaída memoria del tiempo. Buscando
siempre la rosa azul de nuestros mayores anhelos. Recuerden a Pizzolante…una
rosa pintada de azul, es un motivo!
Hay una parte de la infancia que me tomo la libertad
de incluir en esta oportunidad pues se refiere a nuestro inicio en Villa Loyola
(VL) del colegio San Ignacio de Chacao. VL empieza en el año lectivo septiembre
1951- julio 1952 con todas las maestras bajo
la batuta del Hno. Bonet.
Fue en Villa Loyola donde recuerdo asistir por primera
vez a una verbena, un vínculo entre nuestra infancia y juventud. Un recuerdo
muy relacionado con VL pues siempre se han realizado en sus predios. Tenían muy
buena fama ganada poco a poco por la buena organización. Era una fiesta para siempre recordar. Ya en
bachillerato eran, como solían decir mis hijos posteriormente, un predespacho,
en la verbena se armaban grupos mixtos de jóvenes y de allí continuábamos la
fiesta en casa de algunas de las niñas que vivían cerca al colegio, en el Este
de Caracas. Creo que de esas verbenas y reuniones se conformaron algunos
matrimonios en el tiempo. Hoy en día la mayoría de mis compañeros de esa época,
que nos frecuentamos en Miami, ya han celebrado sus bodas de oro.
Por algunas
razones, dentro de esa transformación que se experimenta durante la pubertad,
entre los 10 a los 14 años, es cuando más travesuras se suelen cometer. En ese
periodo fue lo de mi escapada en bicicleta al club Valle Arriba a pesar de
tenerlo explícitamente prohibido y penalizado por mi padre, el buen Rafito. Y
muchas otras que incluso pasaron en la segunda etapa de adolescentes, entre los
15 y los 19. Hubo una época en El Rosal que nos dio por hacer travesuras propias
de esa edad gris e indefinida entre los doce y los catorce años que llaman
pubertad.
Recuerdo, por
ejemplo, que con los vecinos de El Rosal, algunos ignacianos, se nos dio por
usar como cerbatanas unos tubitos largos de aluminio de hasta 30 centímetros y
garbanzos o arvejas como municiones. Nos montábamos en los árboles y/o en los
techos de nuestras casas y les disparábamos a los carros que pasaban por la
avenida. Algunas veces escondidos en las cercas de matas de los jardines. Era
una locura pues si llevaban los vidrios cerrados parecían como si te dispararan
con balines y peor, si las tenían abiertas, podían perder el control del
volante y producir cualquier tipo de accidente. La mayoría de las veces se
paraban, echaban retroceso y paticas pa’ que te quiero.
Solíamos
escaparnos a través de los angostos corredores de permiso de paso que tenía la
Electricidad de Caracas detrás y a lo largo de todas las casas en las avenidas.
Mas de una vez entraban a alguna de las casas a poner las quejas a nuestros padres.
Una vez, agarraron a uno cuando le disparamos a un carro de la policía, el
castigo fue tan arrecho que le prohibieron vernos durante todo un mes y le
suspendieron la mesada así que ni al cine podía ir. Mas de una vez nos
persiguieron por esos corredores pero nos conocíamos de memoria todas las
salidas en todas las casas de El Rosal de arriba.
En otra etapa
nos dio por robarnos los “sellos” de los carros y había una especie de
competencia de quien tenía los más arrechos. Eso significaba que los primeros
targets eran puros carros deportivos tipo Lotus, Mercedes Benz, Alfa Romeo,
Jaguar, Maserati, Ferrari, Porsche, Lamborghini, Ford Mustang y cualquier joya
en ese estilo. Igual, como hacíamos intercambios de repetidos, cualquier marca
era buena. Entiendo el atractivo pues algunos eran realmente joyas de diseño.
Nunca me preocupé si fue una moda y si había otros que los coleccionara. Al
final, mi preciada colección se la doné a un amigo que recién empezaba. Algunos
los vendían a las tiendas de autoperiquitos.
De las
costumbres y travesuras en la última etapa de la adolescencia, de las más
divertidas, era una que practicamos un grupo de vecinos e ignacianos en nuestro
territorio que incluía la avenida Casanova de Bello Monte. Las amigas de la
calle solían “caminar” por la Casanova y cuando las patrullas les hacían
redadas ellas llegaban corriendo a descansar al final de la Casanova donde
empezaba la avenida Guaicaipuro de El Rosal. Allí, en el puente de la Quebrada
Chacaíto, empezaban nuestros predios. El hecho es que nos les presentábamos en
carros a millón y a grito pelao “Manos contra la pared” como si fuéramos
“autoridad”, con cualquier carnet en la mano y que nos enseñaran su
documentación.
Todo iba bien, y
no pasaba de diversión con ellas, hasta que, más de una vez, llegó la autoridad
real con algunos de nosotros en pleno espectáculo y los metían a todos en la
patrulla para la jefatura de El Recreo. Mas de una vez me buscaron a mi casa y
me tocó levantar a otros que estudiaban Derecho y, presentarnos en la Jefatura
para sacar a varios que habían sido sorprendidos con las manos en la “masa”. Me
reservo nombres pues no hacen falta. Tuve la suerte de que nunca me agarraron,
ni me ficharon en ninguna parte ni dormí en ninguna prefectura. Por cierto, la
Jefatura de El Recreo quedaba, en ese entonces, al lado del cine El Rio que con
el Broadway, el Metropol, el Radio City y Las Acacias eran los cines que
frecuentábamos hacia el Distrito Federal. Hacia el Este estaban El Lido, El
Olimpo, La Castellana, Altamira y el de Palos Grandes más unos cuantos
autocines que solíamos ir con otros propósitos.
En una etapa, al
final de la adolescencia, teníamos algunos la costumbre después de cualquier
fiesta, bien fuera boda, cumpleaños o evento de cierta duración, de, al salir,
reunirnos en un barcito enfrente del cine Broadway, al lado de la bomba de
gasolina, que se llamaba Chikito pero por su ubicación lo llamábamos La
Frontera para despistar. En realidad era un bar de ficheras donde solíamos
parar para el “night cup” y conversar entre nosotros y con las chicas cuando no
había muchos clientes. En general era bien zanahoria pues solo podías tomar
algo y conversar, oficio típico de las ficheras.
Uno de los
eventos más comunes a diario en el colegio era que, por la mínima tontería de
“conducta”, te botaran de clase o te tenías que quedar castigado una hora
después de clases. Bastaba que uno se volteara a hablar con un vecino para que
te clavaran la hora diaria. Si te botaban de clase tenías que irte a esconder
de inmediato en los baños pues si te encontraba el prefecto de Disciplina,
Francisco Arruza, te arriesgabas a que te expulsaran por uno o varios días
dependiendo del porque te habían botado de la clase.
Fueron muchos
los incidentes similares que sucedían a diario pero les cuento uno en
particular por sus consecuencias y por lo ridículo de la misma. Estando en
clase, creo de primer año, el que estaba en el pupitre detrás de mí, me toca el
hombro derecho, me volteo y me hizo la acostumbrada señal del dedo medio y me
dijo ¡Pásalo!, lo cual hice sin pensarlo. La señal venia corriendo desde el
final de la fila. Resulta que por la ventanita que tenían las puertas, estaba
asomado el bendito Arruza y abrió la puerta y tremendo Peo! Esta vez no se le
ocurrió ningún mejor castigo que llamar a todos los representantes, madre y
padre, de toda la fila. ¡Habrase visto! eso no era indisciplina, simples bromas
de muchachos. Creo que esa fue la única vez en 10 años que mis padres fueron
citados al colegio por asuntos de conducta. Nunca supe que cuento les echó el
flaco Arruza a los representantes, a los cuales entrevistó por alumno, pero si
me quedó la impresión que mi Viejo no le dio la menor importancia y quedó muy
decepcionado del tipo de Prefectura de Disciplina del colegio.
Así como nos
preguntábamos porque fue elegido el San Ignacio como proyecto piloto para
impartir instrucción militar, es conveniente precisar porque participamos en el
Censo Poblacional de 1960. La razón de nuestra participación es muy simple, el
censo era realizado por censistas voluntarios, los que en su mayoría eran
estudiantes de educación superior (estábamos en cuarto de bachillerato),
profesores y funcionarios públicos. Los empadronadores llevábamos, en un lugar
visible, un portacredencial con nuestra cédula de identidad y nos identificaba
como “Censito Padron” que fue el icono asociado al de 1960.
Era prácticamente
un toque de queda pues por la ciudad solo podían circular los identificados como
funcionarios del censo. Hubo unos que todo el día se la pasaban dando vueltas
por la ciudad en vehículos asignados atendiendo las necesidades y emergencias
que se le presentaran a los que realmente hicimos el censo y visitando a sus
amistades.
En ese particular
me pareció excelente ser Censito Padron y que me asignaran la Residencia
Mónaco, lateral a la plaza Altamira. Fue una experiencia única e inolvidable.
Cada vivienda censada era un mundo particular pero toda la población era clase
media superior sumamente educada así que, aparte de ser bienvenido en todas y
cada una, tuve contacto con cualquier variedad de especímenes. Recuerdo que
hubo casos donde la entrevista se prolongaba pues me brindaban algo, desde café
y refresco hasta desayuno, almuerzo y/o merienda. Había varias familias con
unas niñas lindísimas y jóvenes que estudiaban en los colegios clásicos de
niñas con los cuales siempre interactuábamos los del San Ignacio y con muchas
establecí amistad que en algunos casos, aún perdura.
Recuerdo a un
señor mayor que vivía con una dama bella y joven que fue todo un proceso llenar
la planilla pues él vivía de sus rentas y ella no tenía ningun vínculo familiar
más allá de “amante” y esos casos no estaban explícitos en el padrón censal.
Igual me toco una pareja de homosexuales simpatiquísimos, que tampoco estaban
contemplados en la planilla. Hubo dos casos de mujeres solas cuyas profesiones
estaban clarísimas y una de ellas fue más allá de la insinuación. Tal vez
puedan entender porque fue una experiencia inolvidable.
En la Venezuela
de los años 50's y 60's se le decía "picoteo" a una fiesta bailable,
con música puesta en picó. El “picoteo” era una reunión de amigos por
contribución de todos, comidas y bebidas, y se llevaban discos de las casas a
la fiesta, la cual se hacía en casa de alguno, que tuviese las comodidades,
amplia, de fácil acceso para todos. Su nombre provenía por ser animadas por
picó, un equipo para reproducir discos de acetato, en los años 40 y 50 los
discos eran de un material muy frágil y se rompían con facilidad si se dejaban
caer al piso, por lo cual había un encargado del picó, y de los discos, además,
era necesario cambiar la aguja del picó con frecuencia porque se desgastaba.
Para cada picoteo se debía comprar una caja de agujas, por eso en esos años se
decía con sorna “habrá un picoteo en la casa de Fulano, animado por la Orquesta
Picó y su cantante Agujita” …
Fue en El Rosal,
en Caracas, donde tuve mi “primer” picoteos. Los hacíamos en la quinta de unos
ignacianos que quedaba enfrente de mi casa pero ocupaba el terreno de dos casas
pues la mitad era puro jardín con matas frutales, aparatos infantiles
(columpios y tobogán) y una casa de muñecas del tamaño nuestro. La casa tenía
un patio interno grande donde hacíamos los picoteos. En El Rosal había más
varones que niñas así que la mayoría de las invitadas eran amigas de nuestras
hermanas y primas que eran compañeras de sus colegios.
La verdad es que
teníamos tremendo grupo con algunas niñas bien lindas. Por hombres ni nos preocupábamos
pues sobraban. La verdad es que todos bailábamos con todas y no recuerdo
noviecitos pero si se asociaban algunas parejas. Hubo algunos medio empates y
hasta un par de matrimonios que se fraguaron en esa época. De esa época también
fueron mis “primeras” fiestas en club sociales; solía ir los domingos a los
vermuts danzantes del Valle Arriba Golf Club que eran temprano y con tremendas
orquestas, En ese tiempo conocí a varios miembros de la patota de La Florida,
que en varias oportunidades me sacaron de algún aprieto, entre cuyos miembros
distinguidos estaban uno conocido por el sobrenombre de Dumbo y otro que
llamaban el Chino, que se volvió famoso con el caso del secuestro de un niño de
la sociedad, y hoy en día es hasta jefe Chavista.
Muchas de las
travesuras de la adolescencia ya las hemos reseñado en articulos publicados en
el blog Factótum Ignacianos como fueron las famosas excursiones de nuestra
clase y con el Centro de Excursionismo Loyola (CEL) a la Colonia Tovar, con el
Hermano Velilla fuimos a Ño Tigrito y me fue malísimo porque Velilla nos
castigó a varios y nos hizo mudar la carpa a un terreno en declive, lejos, y
nada plano así que pasamos una noche de muerte y amanecimos con dolores en todo
el cuerpo. La verdad es que no estoy seguro porque nos castigó, pero no debió
ser por nada bueno. Creo que tuvo que ver con algunas travesuras con los
morrales o la comida.
Nunca me perdí
una excursión a la hacienda “La Mora” de un compañero de clase que tenían un
atractivo particular, no solo por su infraestructura sino por lo bien que la
pasábamos. Uno de los eventos de más interés era el apareamiento
de los caballos con sus parejas. A esa edad era todo un espectáculo. Creo
recordar un incidente con un disparo perdido con un rifle de balines donde uno
salió mal parado y tremendo lio con los curas que nos cuidaban; en las noches
nos reuníamos a echar cuentos en la sala principal. Recuerdo
especialmente que caminábamos un buen trecho para visitar los restos retorcidos
y semienterrados de un avión (Aeropostal o Avensa) que se había estrellado en
un cerro vecino y otro detalle era que todas las mañanas nos daban a
tomar leche recién ordeñada.
Una vez fuimos a
una hacienda en Humocaro, para la cual no fue fácil conseguir los permisos
familiares pues en la zona había algunas guerrillas. Espero que estas anecdotas
les aviven recuerdos a otros y nos las complementen. Una de las cosas que no
olvidamos de ese paseo es que uno de nosotros, futuro galeno nombrado siempre
por su diminutivo, estaba muy enfiebrado
con el ajedrez y llevó un juego en su equipaje que sirvió para que muchos de
los que estábamos allí aprendiéramos, bajo su guía, a mover las piezas y
realizar nuestras primeras partidas del juego-ciencia. De las múltiples
excursiones que realizamos en nuestra estadía en las aulas del colegio,
aprendimos que la formación extraescolar es tan importante como la académica.
Las enseñanzas que nos ofreció el excursionismo y el conocer Venezuela nos
identificó más con el país y nos hizo más ignacianos.
En el próximo
Apuntes de la Realidad me referiré a la actividad social que fue muy intensa,
en particular, a partir de cuarto año de bachillerato cuando teníamos dieciséis
primaveras y en Caracas se hizo viral festejarle sus quince años a las “hijas
de papá”.
Gracias Herr Gustav por compartir tantos recuerdos de una infancia y adolescencia feliz que con el paso de los años se hacen cada vez mas dorados e inapreciables.
ReplyDeleteEsos Recuerdos de Juventud que cuentas con tanto detalle son como una película.
ReplyDeleteMas que corto metraje es un largometraje o mejor una serie televisiva.
Al mandarme para acá con catorce años no pude vivir como todos los Ignacianos esa maravillosa vida rutilante y gloriosa vida caraqueña que narras.
Coincidiendo con hechos de estos días, me vienen recuerdos del comienzo de Villa Loyola. De cuando conocí a Víctor Márquez en la calle donde estaban los Laboratorios Cosmos, el día que entrando al Colegio había una algarabía con la coronación de Isabel II y ya un recuerdo más vivo de la fiesta del Infantil C en la casa de Roberto Augusto, que ha quedado expuesto para el recuerdo a través de la foto que guardé de todos los Ignacianos de quinto grado junto a la gran mesa que has visto a través de este chat.
OSCAR GARCÍA SENIS