Evangelio (Jn 20, 19-31) correspondiente al 2do Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia: En el Cenáculo
A continuación, podrán leer nuestro
comentario al Evangelio (Jn 20, 19-31) correspondiente al 2do Domingo de Pascua
o de la Divina Misericordia:
La primera aparición de Jesús
resucitado a sus discípulos ocurre al atardecer del primer día de la semana [el
cual sería llamado ‟domingo” por los creyentes], el mismo día de la
resurrección. Esto acontece en una casa de Jerusalén que pertenecía a un amigo
de Jesús y que disponía de una planta baja, supuestamente utilizada para las
oraciones y una planta alta usada como comedor. En el contexto del cristianismo
este lugar es conocido como el Cenáculo o aposento alto y, según el Nuevo
Testamento, allí Jesús celebró con los apóstoles la última cena de su vida,
antes de morir en la cruz.
Dentro de la
casa, con las puertas cerradas, están los discípulos llenos de miedo a los
judíos. La situación es dramática porque está anocheciendo y su Maestro y guía
no está con ellos. El desconcierto es total porque sólo ven hostilidad y rechazo
por todas partes, y su misión parece no tener sentido ni rumbo. Pero de pronto,
Jesús resucitado se pone en medio de ellos y les dice: ‟La paz [esté] con
ustedes”: saludo que repite nuevamente después de mostrarles las manos y el
costado a los aturdidos discípulos que vibran llenos de alegría. Del temor
inmenso que los embargaba pasan a la paz que les infunde Jesús. En medio de la
oscuridad de la noche se les ilumina el rostro y se sienten llenos de vida. Las
puertas cerradas del Cenáculo se abrirán de par en par para dar inicio a su
misión. Por
los caminos de Galilea, los discípulos tuvieron la oportunidad de aprender y
experimentar lo que el Maestro les había enseñado.
“En la intimidad del Cenáculo, Jesús
hizo algo sorprendente, totalmente inédito: tomando el pan, dio gracias, lo
partió y se los dio diciendo: “Esto es mi cuerpo, que es [ha de ser] entregado
por vosotros. Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19). Al agradecer y bendecir,
Jesús transforma el pan, y ya no es pan terrenal lo que da, sino la comunión
consigo mismo (Benedicto XVI, 9/4/2009). Y al mismo tiempo que instituyó la Eucaristía,
donó a los Apóstoles el poder de perpetuarla, por el sacerdocio”. (Primeros
Cristianos.com).
Comentarista: Agustín Coll
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