La Navidad y el aprendizaje de la Pandemia Gustavo Gonzalez Urdaneta

 

La Navidad y el aprendizaje de la Pandemia

Gustavo Gonzalez Urdaneta

Miami 5 diciembre 2020

 

Conversando recientemente con mi amigo ignaciano Alvaro Rotondaro me decía que la mayoría de la gente, en el futuro, cuando recordarán el año 2020, y como les fue en la Navidad, lo harían con un sabor agridulce pues habrían puesto fin al año más atroz y terrible del que guardaban memoria y las copas brindarían por dejar atrás lo vivido y que llegara pronto la anunciada vacuna. Él no estaba de acuerdo con ese pronunciamiento pues, entre otras cosas, la pandemia le había enseñado a ampliar su mente, a ver la vida desde una optica totalmente diferente al pasado y considera que lo que ahora tenía era lo más bello y que lo que le venía era un renacimiento. En gran parte comparto su pensamiento y espero que disfrute la lectura de este artículo considerando esa óptica bifocal. Cada uno se identificará con una de las visiones duales, o alguna variante, y les agradecería compartir sus comentarios al final de este escrito.

 

A escasos veinte días de la nochebuena, unos, ya estan conscientes de que no podrán volver a sus localidades de origen para reunirse con sus familiares, otros, dada la diáspora familiar y las restricciones de la pandemia, ya sienten nostalgia de la navidad pasada en que toda la familia se reunió, en casa de uno de ellos, y lo bien que compartieron la nochebuena alrededor de una misma mesa, el reparto de los regalos y la alegría con que recibieron el nuevo año. Hoy día, todos desconocen hasta que hora estarán abiertas las tiendas para comprar los regalos que toquen y nadie descarta que el final del año tenga que pasarlo confinado como la última semana santa y que coincida con un repunte de contagios de covid-19. Es cierto que muchos mayores esperaban la Navidad para juntarse con sus familiares. Perder ese roce hará aumentar la tristeza y el desamparo. Eso es entendible y bastante probable y, por lo tanto, muchos consideran que triste será esta Navidad.

 

En el mejor de los escenarios posibles, pocas tradiciones navideñas quedarán inmunes a la pandemia. No habrá cotillones de Nochevieja, ni comidas de empresa, ni fiestas multitudinarias. Los aficionados a cantar villancicos en coros tendrán que dejarlo para otra ocasión y en la mayoría de las ciudades han quedado descartadas las cabalgatas de Reyes Magos. Desde hace días, muchas de nuestras calles ven salir el sol cada mañana cubiertas de luces navideñas, pero a escasas jornadas del encendido oficial solo parecen ser el triste presagio que nos espera: unas Navidades extrañas, las más raras de nuestras vidas. Otra cosa que es cierta es que las sociedades se articulan alrededor de rituales que marcan el ritmo de la vida. No es lo mismo celebrar la Navidad que no hacerlo ni participar en los encuentros previstos que privarnos de ellos. Muchas de esas tradiciones estarán vedadas pero la lista de los rituales que si podemos celebrar es extenso. Hagan una lista y se darán cuenta. Todo dependerá de la actitud con que afrontemos esta experiencia, si la vivimos como una pérdida, nos sentiremos mal, si la vemos como una navidad diferente, extraña, el impacto será menor. Lo que no debemos hacer es renunciar a celebrar este momento tan emotivo.

 

Debemos destacar tres fenómenos actuales que en esta pandemia están jugando un papel peligrosamente relevante.  Aunque han existido siempre, durante estos meses de pandemia se ha disparado el número de grupos «anticiencia». En paralelo a un número espectacular de trabajos científicos publicados por la comunidad científico-sanitaria han aflorado negacionistas, conspiranoicos, antivacunas y vendedores de tratamientos ineficaces y frecuentemente peligrosos. Con todo lo que ello implica. También se han encontrado personas que realizan aseveraciones vagas, ambiguas, muy a menudo obvias, pero que consiguen impactar emocionalmente. Frente a la opinión está la ciencia, que conduce a verdades que no son intuitivas ni obvias, y eso es difícil de aceptar. Nadie mejor que los científicos –fuera de la torre de marfil– para dar a conocer las investigaciones y los resultados que nos llevarán a la solución final de esta y otras pandemias venideras. Su comunicación no sólo debe ser veraz y asentada en el conocimiento generado, sino asequible, sencilla para ser comprendida por personas de cualquier edad y condición. Debe aprovechar las redes sociales y las nuevas plataformas para los más jóvenes, y recurrir a la radio, prensa y televisión para llegar al resto de la población.    

 

Como me contaba Alvaro, en el confinamiento hemos ampliado nuestra mente y a usar mejor nuestro tiempo: a diario celebramos videollamadas y vermús virtuales con amigos y familiares. A través de los chat, Skype y zoom compartimos viernes sociales y, en oportunidades, uno de los amigos nos sirve de DJ y todos disfrutamos de su extenso y magnifico repertorio con el trago de nuestro gusto y recordamos vivencias compartidas a lo largo de una amistad invencible por la pandemia. Ella exige distancia física pero tenemos recursos para evitar que se convierta en distancia social. Depende de nosotros. Han proliferado los Webinar, se estan dando cursos virtuales de todo tipo en los cuales una gran cantidad de profesionales han participado con sus ponencias y han aprendido las tecnicas para grabar videos y como desenvolverse en las horas síncronas en que interactúan con sus alumnos. Las mismas tecnologías nos permiten realizar reuniones familiares con los hijos y nietos para que los menores lean sus cartas al niño Jesus, celebrar el amigo invisible evitando los encuentros presenciales usando los servicios de delivery de todas las tiendas y hasta la posibilidad de que los jóvenes participen en carreras y maratones virtuales.

 

Debo confesar que la primera vez que escuché hablar sobre una «carrera virtual» fue cuando mi hijo Gustavo Enrique, estando en Donostia, me dijo que estaba entrenando para correr un maratón virtual de 42 kilómetros. ¿Cómo iba a correr 42km «de manera virtual»? ¿Cómo era eso de que cada uno correría cuando pudiera y en donde estuviera? Él me contó después sobre el suyo y me puse a averiguar un poco más. Y me encontré con que las carreras virtuales se hacen en Estados Unidos desde hace casi 10 años en los encuentros de Atletismo para el Campeonato Nacional escolar. No me queda muy claro cuando las carreras virtuales dieron el salto para convertirse en carreras masivas. pero han crecido en popularidad en los últimos años tanto en Estados Unidos como en otros países del mundo. Y es porque son un formato muy flexible que puede adaptarse a las necesidades específicas de cada competidor. El participante elige la carrera, decide una distancia, se registra y paga. Permiten a los competidores completar la distancia en cualquier momento y los competidores envían sus tiempos por internet y, al cabo de unos días, reciben su medalla de finalista por correo. Las carreras virtuales definitivamente están siendo una muy buena alternativa para quienes quieran seguir corriendo.  

 

En una experiencia personal, coordinado virtualmente con otro amigo, Alberto de Lima, desde septiembre el curso de gerencia del IESA para la industria eléctrica nacional en Venezuela, estamos aprendiendo, aparte de la tecnología relacionada con las clases, el hecho de que este medio no debe limitarse a una población pequeña sino extenderla al ámbito nacional pues si algo necesita el país, es recurso humano preparado. Así se lo hemos propuesto al IESA. En este sentido, cabe mencionar que la directora general adjunta de Educación de la UNESCO, Stefania Giannini, subraya que pasar de las aulas a la educación virtual ha sido un reto que ha revelado todas las debilidades del sistema educativo, pero también las oportunidades para un futuro con más y mejor educación.  Educar y aprender tiene una dimensión social y humana que debe ser prioritaria. La pandemia nos ha enseñado que la educación también debe servir a una visión ética y no solo una visión económica. Si el talón de Aquiles de la educación han sido la fragilidad del sistema, la brecha de desigualdad y la insuficiencia de innovación, entonces la tecnología, entre otros, debe convertirse en una prioridad para los gobiernos y en el motor para salir de la crisis pues se ha convertido en una necesidad vital. Compartimos totalmente este sentir.

 

Vemos que el IESA se ha adaptado muy bien a la educación en linea, su profesorado es relativamente joven y le ha sido más fácil digitalizarse y los estudiantes, aunque son más nativos digitales en sus relaciones sociales, no han tenido serios problemas en seguir el curso pero, a pesar de descubrirse la posibilidad de la educación virtual, también se ha descubierto lo imprescindible que es la presencialidad. Aunque no puede permitirse que se produzca discriminación entre los estudiantes ni decaiga la formación de los profesores no se puede seguir adelante haciendo lo mismo que antes pero de forma digital pues el futuro de la educación está en peligro pues son las grandes compañías tecnológicas Google, Microsoft o Facebook los que quieren ser los educadores del mundo.   

 

Continuando con las lecciones aprendidas con la pandemia, se acabaron –al menos por ahora– los almuerzos mensuales entre amigos, los banquetes de 20 comensales que se reúnen todos los finales de año para desearse prosperidad. Pero que las cenas de empresa estén prohibidas no impide que puedan celebrarse en la distancia. Hay empresas de eventos que han ideado su kit de comidas de empresa para teletrabajadores, que permite que varios empleados coman juntos de manera virtual desde sus hogares. De acuerdo con los historiadores esta no es la primera vez que la Pascua experimenta cambios de importancia. Según nos cuentan, no han parado de incorporarse rituales y adaptarse a los nuevos tiempos desde que empezó a celebrarse en el siglo V, y nos explican cómo los primeros belenes se montaron en España en el siglo XIII, los villancicos se sumaron en el siglo XV, las postales empezaron a enviarse a finales del siglo XIX y la costumbre de tomar uvas se originó a raíz de una cosecha abundante de vides que hubo en 1917. En cierto modo pienso que la pandemia va a hacer que recuperemos, al menos por un año, el sentido cristiano profundo de la Navidad.

 

Coincido con quienes piensan que gracias a la limitaciones y restricciones impuestas por la pandemia, aparte de los cambios agilizados gracias a las plataformas digitales, los nuevos servicios desarrollados y las lecciones aprendidas, no podemos dudar lo que se ha vuelto repetitivo “el mundo como lo conocemos ya no será igual”. Como piensan varios amigos, esta pandemia sin duda nos ha enseñado varias lecciones de vida que debemos meditar para ser mejor que antes y no debemos esperar sino un renacimiento. Ha aflorado a la luz pública toda la porquería y pensamientos de muchos políticos y de líderes de otro tipo con intenciones subliminales, de supuestos benefactores sociales aun por verificarse, la proliferación de teorías conspirativas con poca o ninguna base, la gran división de la sociedad en países que eran ejemplos de democracia e iconos del orden mundial, han quedado en evidencia los regímenes dictatoriales que aun imperan en Latinoamérica, la falta de solidaridad en las instituciones internacionales y en nuestros países y no pare de contar pues hay muchas lecciones esenciales  aun por  aprender.

 

Nos hemos dado cuenta de que el mundo real puede cambiar de la noche a la mañana, que la economía puede colapsar, que los países y ciudades pueden quedar desiertos, que los grandes bosques como el Amazonas e incluso países como Australia pueden arder en cuestión de horas. Todas nuestras seguridades pueden tambalearse y como decía Cicerón, “No hay nada hecho por la mano del hombre que tarde o temprano el tiempo no destruya”. Y allí es cuando debemos reconocer con humildad que el mundo no es infalible y que hay que vivir con este realismo, pero sin miedo. Que hay que reconstruir el mundo, pero sobre cimientos sólidos que incluso ni el tiempo pueda destruir. Nos habíamos acostumbrado a vivir a toda prisa, todo es para ayer y en un estrés diario y continuo sin disfrutar. El confinamiento de la pandemia nos está enseñando a disfrutar de las cosas pequeñas y sencillas de diario y nos ha descubierto su valor y esencia: una clase presencial, un trabajo, salir a la calle, un abrazo, una visita familiar o a los amigos, ir de compras o al cine… Los antiguos aconsejaban el famoso Carpe diem, es decir, hacer lo que se deba hacer valorando su importancia, definitivamente vive más feliz y aprovechando lo que tienes a tu alrededor hic et nunc (aquí y ahora).

 

Esta pandemia nos ha ayudado a salir de nuestro mundo interior para conectar con “el otro”, con el de al lado, pues nos acostumbramos a vivir en sociedad pero sin establecer contacto humano y como decía Aristóteles, “el ser humano es un animal político que se relaciona y necesita del otro en una sociedad”. No nacimos para estar solos. Los autores clásicos decían “Ubi concordia ibi victoria”, es decir, donde hay concordia hay victoria. Cuando vivimos en relación y buscando servir al prójimo es cuando descubrimos lo mejor del ser humano y crecemos en generosidad y misericordia. Tenemos que recuperar el valor de la confianza, la unidad y la solidaridad. Valores que estan faltando en el mundo, en particular en Venezuela. Creo, como muchos de ustedes, que la pandemia nos ha ayudado a incrementar nuestra creatividad, a administrar mejor nuestro tiempo, a cumplir metas establecidas, a superarnos con cursos en línea, a leer buenos libros, a retomar trabajos manuales que nos ayudan a la serenidad, a convivir en los juegos de mesa, a tener una rutina de ejercicios, a aprender a cocinar, a comer más sano e incluso a cortar el cabello, a revalorar la amistad, entre otras cosas más. Reflexionen sobre estas lecciones a nivel personal y consideren si la pandemia no les ha ayudado a recuperar vuestra armonía y equilibrio. Es verdad que ha habido perdidas familiares y de amistades pero…no todo es malo ni es el peor año de su vida.

 

Sin duda, muchos hemos tenido que superar miedos: al contagio, al encierro, a no ver a nuestros seres queridos, a perder el trabajo, a concluir bien el semestre, a que nuestra empresa siga funcionando… El emperador Julio César decía: “No ha aprendido la lección de la vida aquel que cada día no supera un miedo”. Muchos han tenido que afrontar realidades: superar personalmente el Convid-019, perder familiares y amigos por causa del coronavirus u otras fatalidades, afrontar limitaciones económicas e infinidades de otras que han concurrido en este año. Tal vez es natural que por todo lo vivido y sufrido este año, la gente se haya cuestionado su espiritualidad y creencia en Dios y eso le ha impulsado a preguntar, a conocer, a acercarse, a retomar… Y en Dios ha encontrado respuestas ciertas a ansiedad o miedos. Vivir la fe y mantener nuestra espiritualidad, ha ayudado a llevar mejor esta pandemia. Muchas de estas lecciones son invisibles por muchas de las razones ya citadas. Aprovechemos la pandemia para no seguir igual sino mejor.

 

En días de más preguntas que respuestas, la sensación de que la sociedad resultante de esta crisis será diferente a la que conocemos hasta ahora es cada vez más fuerte. Y en esa sociedad surgirán o se consolidarán (esperamos) nuevos liderazgos. Y en la memoria colectiva permanecerá la imagen de las compañías que fueron más parte de la solución que del problema. No será de sorprender que ese “día después” venga acompañado de una rendición de cuentas sobre lo que hizo y lo que no se hizo. Nuevos líderes serán los encargados de reactivar la locomotora de la sociedad.

 

Por esto, en tiempos como esté, trabajar con un propósito es determinante. Seguramente se acelerarán algunos procesos que el mundo ya venía experimentando, cómo es la transformación digital o la flexibilidad en materia laboral. Surgirán nuevos jugadores, se transformarán algunos y desaparecerán otros. Pero la oferta y la demanda seguirá existiendo, fiel a la teoría económica. Depende de las personas, de nosotros, poder reaccionar y adaptarnos lo más rápido posible al mundo “nuevo”. En esa locomotora de cambios, estos nuevos líderes estarán a la cabeza. Otros, los que no lo percibieron, verán el tren pasar y con suerte podrán saludar nostálgicos con la mano. La sensación de que la sociedad resultante de esta crisis será diferente a la que conocemos hasta ahora es cada vez más fuerte.

 

Aprovecho esta oportunidad para agradecerles a nuestros lectores su fidelidad durante un año lleno de tanta inestabilidad mundial y, en particular en nuestra querida Venezuela, y hacerles llegar un fraternal abrazo, extensivo a sus familiares y demás seres queridos en nombre propio, del compañero Roberto Martin Montilla y de todos los nuestros, esperando, que en el seno de cada uno de nuestros hogares, reine la paz y la dicha, alentándoles para que juntos continuemos el camino trazado, impulsando el desarrollo de nuestro país y el crecimiento personal de todos.

Para todos ustedes...

¡Feliz Navidad, con un Venturoso y Próspero 2021!

Gustavo González Urdaneta

 

 

 

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