INMOLARSE AL ESTILO BONZO (ALBERTO FUENTES) Caracas, 05-02-2021
INMOLARSE AL ESTILO BONZO (ALBERTO FUENTES) Caracas, 05-02-2021
-------------------------------------------------------------------------------***---------------------------------------------------------------------------------
Inmolarse (del latín inmolare, que significa
espolvorear con harina) es el sacrificio ritual de
una ofrenda en honor de la divinidad,
particularmente cuando la ofrenda se trata de
la vida de una víctima, animal o humana. Por
extensión se ha dado también este nombre
al suicidio por motivos religiosos, de protesta
o desobediencia civil. En los últimos años se ha
extendido la práctica de la inmolación como
forma de protesta política (especialmente
quemarse a lo bonzo) en el Tíbet, en el mundo
árabe y en Europa, como en los años 60 con
motivo de la Guerra de Vietnam o la invasión de
Checoslovaquia. Dentro de estos actos
tenemos: Inmolación religiosa, que son
practicadas por religiones incluyen entre sus
prácticas la inmolación como método para
llegar de forma rápida y sin pecados al reino de
los cielos. Aunque es verdad que dicha práctica
puede no estar en muchas, o todas, de las
doctrinas religiosas, el simple hecho de su
predicación por parte de algunos líderes
espirituales, normalmente extremistas, hace
que cientos de seguidores estén dispuestos a
dar su vida. Inmolación política; aplicada por
dirigentes políticos con ideales nacionalistas
exacerbados incrementados por el apoyo
popular. Luchador idealista que intentará
imponer sus ideales y pondrá en riesgo su salud,
a corto o mediano plazo debido a su profunda
dedicación. Una minoría de seguidores de este
líder político notarán la pérdida de facultades
físicas, pero el grado de convencimiento que
transmite este líder será de tal magnitud que a
muchos no les permitirá ver la realidad por el
fanatismo que ha logrado cultivar en ellos; todo
lo contrario, será visto como un Dios debido a
las comparaciones que realizará a lo largo de su
de su trayectoria. Al morir este líder, se
intentará endiosar su imagen, ideales y logros,
destacando las cosas buenas que logró y
olvidando las malas. Pero sus seguidores, al ver
que lucharon por la idea que solo él podía
transmitirles, y al no existir en el entorno de
este líder autoritario algún sucesor que pueda
transmitir su ideología y carisma, morirá la idea.
Inmolación terrorista con raíces religiosas.
Ataque suicida en Irak
El Islam es la religión con la que actualmente se
relaciona de forma confusa con la inmolación,
principalmente debido a los últimos conflictos
armados en el Oriente Medio y a la siempre
feroz rivalidad entre palestinos e israelíes. Con
estos conflictos como telón de fondo y con la
predicación del yihad contra el infiel, diversos
clérigos espirituales consiguen adeptos, que
suelen acabar ingresando en organizaciones
terroristas. Seguramente la organización
terrorista más activa y famosa sea Daesh; daesh
es conocido como el estado islámico de Irak y el
levante, también conocido como estado
islámico de Irak y Siria o eiil, autodenominado
califato islámico, conocido asimismo como
estado islámico, Isis (en inglés: islamic state of
iraq and syria) o ei (en árabe, اإلسالمية الدولة ,ad-
dawla al-islāmīya), o como Dáesh o Daish, es un
grupo terrorista paramilitar insurgente, un
protoestado no reconocido, de naturaleza
fundamentalista yihadista que sigue una
doctrina heterodoxa del Islam suní formado por
radicales fieles a Abu Bakr al-Baghdadi, que en
junio de 2014 autoproclamó el califato desde la
ciudad iraquí de Mosul, pidiendo lealtad a todos
los musulmanes.
Quemarse a lo bonzo, también conocida como
auto-inmolación o autoinmolación, es una
forma de inmolación y suicidio por el cual un
individuo acaba con su vida rociándose con
algún tipo de líquido inflamable y prendiéndose
fuego en público como forma de protesta,
desobediencia civil o acción solidaria por algún
motivo. Dentro de la larga lista de imágenes que
marcaron el desarrollo del siglo XX, hay una que
resulta sumamente impactante tanto por el acto
en sí mismo como también por la tranquilidad
que demuestra su protagonista. Nos referimos a
la fotografía en la que el monje budista Thich
Quang Duc aparece quemándose vivo en plena
calle. Basta con sólo dar un vistazo a la captura
para rápidamente hacerse varias preguntas.
¿Qué llevó al monje a cometer tal acto? ¿En qué
contexto se desarrolló la escena? ¿Cómo fue
capaz de soportar tales quemaduras sin mostrar
el más mínimo gesto de dolor? Para comprender
cómo se desencadenaron los hechos, debemos
situarnos en mayo de 1963. Tal como recoge un
artículo de la revista Time, en aquel entonces
Vietnam era gobernado por el presidente Ngo
Đinh Diem, quien era miembro de la minoría
católica, en un país en donde cerca del 90% de
la población era budista. La situación en ese país
se volvió sumamente tensa luego que el
mandatario impulsara reformas que fueron
acusadas de favorecer abiertamente a los
católicos tanto en los servicios públicos como
militares. Un ejemplo de esto fue que los
católicos no eran sometidos a los trabajos
forzados que sí realizaba el resto de la población.
No sólo, sino que también recibían enormes
partes de la ayuda humanitaria que llegaba al
país. Todo se agudizaría en mayo de aquel año
cuando se prohibió izar la bandera budista en el
Vesak, la celebración más importante del
budismo en la que recuerdan y honran a
Siddhartha Gautamá.
Esto se convirtió en una verdadera ofensa,
especialmente debido a que en los actos
públicos más importantes se izaba la bandera
de la Ciudad del Vaticano. Fue así como el 10 de
junio de 1963, un representante de los budistas
envió un mensaje a los corresponsales y
reporteros que estaban en Vietnam, alertando
sobre “algo importante” que ocurriría al día
siguiente frente a la embajada de Camboya en
la ciudad de Saigón. Debido a que el conflicto
entre católicos y budistas se había agravado
desde hacía varias semanas atrás, sólo unos
pocos periodistas tomaron en cuenta el aviso.
El portal All thats interesting señala que uno de
ellos fue Malcolm Browne, periodista y
fotógrafo que en ese momento era presidente
de la agencia de noticias Associated Press en
Saigón. Aquel día, Thich Quang Duc fue uno de
los 350 monjes que conformaron la procesión
que llegó al lugar pactado. Estaban divididos en
dos grupos, los que iban precedidos por un
automóvil Austin Westminster, el que llevaba
consignas tanto en vietnamita como también en
inglés, reclamando contra el gobierno de Diem.
Lo que buscaban era la tan ansiada igualdad
religiosa. El 11 junio de 1963, Thich Quang Duc,
un religioso vietnamita (budista), junto a dos
compañeros, se bajó de un coche y se sentó en
la posición del loto sobre un cojín; esta posición
es una asana o postura de meditación sentada
con las piernas cruzadas, cada pie ubicado
encima del muslo opuesto. Sus acompañantes le
vaciaron un bidón de gasolina en la cabeza. Duc
encendió una cerilla y se prendió fuego,
quemándose a lo bonzo. Otro compañero se
había ofrecido para suicidarse, pero el monje se
mantuvo firme y pasaría a la historia. Desde una
atestada calle de Saigón, Thich Quang ardió sin
inmutarse, rodeado de compañeros budistas y
estupefactos conciudadanos. La fotografía que
hiciera el periodista, Malcolm Browne, de ese
momento, le valió el premio Pulitzer; el Premio
son galardones por logros en el periodismo
impreso y en línea, la literatura y la composición
musical en los Estados Unidos de América.
Fueron establecidos en 1917 según las
disposiciones del testamento del editor
estadounidense de origen judío y húngaro
Joseph Pulitzer. La Universidad de Columbia en
la ciudad de Nueva York está a cargo de su
administración. Los premios se otorgan cada
año en veintidós categorías, incluyendo en
ciertas ocasiones un reconocimiento especial
adicional. En veinte de ellas, los ganadores
reciben un certificado y 10.000 dólares en
efectivo, mientras que el ganador en la categoría
de servicio público del concurso de periodismo
obtiene una medalla de oro. Ante la cruda
realidad de la fotografía, John Fitzgerald
Kennedy (Brookline, Massachusetts; 29 de mayo
de 1917-Dallas,Texas; 22 de noviembre de
1963), quien fue el trigésimo quinto presidente
de los Estados Unidos, dijo «Ninguna imagen en
la historia ha generado tanta emoción a lo largo
del mundo como esta»
La Real Academia Española (RAE), explica que
quemarse o suicidarse «a lo bonzo» es hacerlo
«rociándose de líquido inflamable, y
prendiéndose fuego en público, en acción de
protesta o solidaridad». Muy de vez en cuando,
alguien sacude las noticias del mundo con un
acto así. Sin embargo, muchos no saben que
significa bonzo, que la propia institución de la
lengua también aclara: bonzo es «monje
budista».
El Budismo, es la cuarta religión más importante
del mundo con más de 500 millones de adeptos
o 7 % de la población mundial. El budismo se
originó en la India entre los siglos VI y IV ac,
desde donde se extendió a gran parte del este
de Asia y declinó su práctica en el país de origen
durante la Edad Media. La mayoría de las
tradiciones budistas comparten el objetivo de
superar el sufrimiento (dukkha) y el ciclo de
muerte y renacimiento (samsara), ya sea por el
logro del Nirvana o por el camino de la
budeidad. Las escuelas budistas varían en su
interpretación del camino hacia la liberación, la
importancia relativa y la canonicidad asignadas
a los diversos textos budistas, y sus enseñanzas
y prácticas específicas. Las prácticas
ampliamente observadas incluyen refugiarse en
el Buda, el Dharma y la Sangha, la observancia
de los preceptos morales, el monasticismo, la
meditación y el cultivo de los Paramitas
(perfecciones o virtudes). Existen dos ramas
principales del budismo: Theravāda (Escuela de
los Ancianos) y Mahāyāna (El Gran Camino). El
budismo Theravāda es dominante en Sri Lanka y
el sudeste asiático, como en Camboya, Laos,
Myanmar y Tailandia. Mahayana, que incluye las
tradiciones de Tierra Pura, Zen, Shingon y Tiantai
(Tendai), se encuentra en todo el este de Asia.
Vajrayana, un conjunto de enseñanzas
atribuidas a adeptos indios puede verse como
una rama separada o como un aspecto del
budismo Mahayana. El budismo tibetano, que
conserva las enseñanzas Vajrayana de la India
del siglo VIII, se practica en los países de la
región del Himalaya, Mongolia y Kalmukia, está
relacionado con la práctica de la meditación. La
protesta iniciada por Thich Quang Duc acabaría
desencadenando el derrocamiento y el
asesinato del presidente Dihn Diem; Dihn, cuyo
nombre cristiano fue, Jean-Baptiste Ngo Dinh
Diem (Huế 3 de enero de 1901 Saigón, 2 de
noviembre de 1963), fue un político vietnamita y
una figura central al principio de la Guerra de
Vietnam. Conocido en el mundo occidental por
su nombre de pila (en el idioma vietnamita el
apellido se nombra primero, siendo en este caso
Ngo), Diêm es recordado por su papel en el
establecimiento de la República de Vietnam
(Vietnam del Sur), siendo su primer presidente y
manteniendo el poder de manera dictatorial
desde 1955 hasta 1963, apoyado por Estados
Unidos.
Después de su muerte, el cuerpo de Thich Quang
Duc, fue cremado conforme a la tradición
budista. Durante la cremación, se dice que su
corazón se mantuvo intacto y es considerado
actualmente una reliquia. Sus últimas palabras
fueron en forma de carta: «Antes de cerrar los
ojos y dirigirme hacia la figura de Buda, suplico
respetuosamente al presidente Ngô Đình Dhim
que tenga compasión de los habitantes de la
nación y que desarrolle una igualdad religiosa...
Llamo a los venerables reverendos, miembros
de la sangha y predicadores budistas para que se
organicen y hagan ofrendas con el objetivo de
proteger el budismo».
¿Cuál es la realidad del dolor según el Budismo
Zen?
Si bien la aspiración de todo ser humano es
buscar la felicidad, el dolor en nuestras vidas es
en cierto modo inevitable y una realidad con la
que también deberemos relacionarnos. Dentro
del capítulo “Acercamiento” a la experiencia
zen del nuevo libro de Dokushô Villalba, Zen en
la Plaza del Mercado, encontramos justo
después del apartado, la búsqueda de la
felicidad el apartado dedicado a la realidad del
dolor. En este fragmento del libro, El Monje Zen
Dokushô Villalba desarrolla los tipos de dolor y
cómo aborda el zen su tratamiento y su forma
de entenderlos. En Kairós hemos pensado que
compartir este breve fragmento del libro puede
abrirte las puertas a comprender con mayor
profundidad la sutil y rica manera con la que el
zen y la meditación comprenden, tratan y se
relacionan con el dolor. A pesar de que todas
las formas de vida aspiran a un estado de gozo-
felicidad estable y duradero, la experiencia que
más a menudo nos encontramos todos por igual
es la del dolor y el sufrimiento. La experiencia
del dolor y el sufrimiento es tan universal que
los seres humanos la compartimos tanto con los
animales como con las plantas.
En el budismo se distinguen dos aspectos en la
experiencia de dolor. Hay un aspecto del dolor
que es consustancial a la vida. Por ejemplo, el
nacimiento es una experiencia dolorosa tanto
para la madre como para el hijo. Puede ser más
o menos dolorosa, según muchos factores, pero
en general es una experiencia dolorosa.
Evidentemente, podemos hacer que el
nacimiento sea lo menos traumático posible,
pero aun así sigue siendo una experiencia
traumática. El crecimiento también va
acompañado de malestar y de dolor, tanto
corporal como emocional-psicológico. A lo largo
de nuestra vida aparece a menudo la
enfermedad, propia o de los seres queridos.
Con el tiempo nos vamos haciendo viejos y
perdemos facultades, lo que se traduce en más
dolor, físico y emocional. Por último, aparece la
muerte, tanto la propia como la de aquellos que
nos rodean. Y estas experiencias inevitables
producen dolor; así como también la pérdida
del trabajo o de un ser querido, el ser
abandonado por el esposo o la esposa, o tantas
otras experiencias inevitables que forman parte
de la existencia misma. Existen, pues, ciertas
experiencias dolorosas que son inherentes a la
existencia humana. Si bien es cierto que los
grandes avances en las ciencias están
permitiendo reducir o evitar muchas de las
situaciones dolorosas con las que se han
encontrado nuestros antecesores, es ilusorio
concebir una existencia humana exenta
completamente de dolor. Hay un aspecto del
dolor, el inevitable, ante el cual la única actitud
adecuada es la de aceptarlo como un elemento
más de nuestra vida. Otras formas de dolor son,
por el contrario, evitables, puesto que son
creadas por el propio ser humano. ¿Por qué
unas personas se derrumban en un abismo de
dolor y otras, sin embargo, ante una misma
situación, mantienen una actitud de calma y
sobriedad? La diferencia no se encuentra en el
suceso objetivo, sino en la percepción subjetiva.
Esto nos lleva a descubrir que gran parte de las
aflicciones que padecemos son generadas por
nuestra propia mente. Por otra parte, en el
budismo se distingue el dolor del sufrimiento. El
dolor es siempre una experiencia que sucede en
el presente y que tiene un principio y un final,
como todo. Al dolor le sucede el placer; al
malestar, el bienestar; al bienestar, el malestar;
al placer, el dolor, en un círculo sin fin. No
habría dolor sin placer ni placer sin dolor,
puesto que dolor y placer son dos aspectos de
la experiencia que se generan y se necesitan
mutuamente. Sin dolor no habría placer y sin
placer no habría dolor. Sabemos que el dolor es
dolor porque sabemos que el placer es placer.
Cuando llamamos a algo «dolor», lo estamos
comparando con algo que llamamos «placer».
De esta forma, dolor y placer son inseparables.
El dolor, tanto como el placer, es una
experiencia que comienza y acaba. Entonces, el
displacer se vuelve placer, como cuando nos
duele terriblemente una muela, tomamos un
calmante y media hora después ya no sentimos
dolor y respiramos aliviados.
El sufrimiento, por su parte, es una rumiación
mental de un dolor presente o ya pasado. Esto
hace que el sufrimiento sea una experiencia
que puede extenderse indefinidamente en el
tiempo, ya que es la mente la que en la presente
rumia o reconstruye de manera continua una
experiencia dolorosa del pasado. Aunque
muchas formas de dolor son inevitables, el
sufrimiento es evitable si educamos nuestra
mente y la mantenemos fijada en el presente
inmediato. Así como existen tres niveles de
intensidad en la experiencia de gozo-felicidad
(descritos anteriormente en el libro Zen en la
plaza del mercado), también existen tres niveles
de dolor o malestar.
El Dolor Físico-Sensorial
Somos un cuerpo dotado de un sistema
nervioso sensible y de cinco conciencias
sensoriales. A través de ellos podemos
experimentar infinidad de sensaciones
agradables que se encuentran en la base de
nuestro estado de felicidad sensorial, pero
también a través de ellos experimentamos
sensaciones desagradables o muy
desagradables, incluso dolorosas. Es inevitable
que a lo largo de toda una vida nos
encontremos continuamente con sensaciones
desagradables o dolorosas. Ni siquiera en el
más feliz de los mundos podemos imaginar la
erradicación completa y absoluta de las
sensaciones desagradables y dolorosas.
El Dolor Emocional-Psicológico
Los seres humanos, a diferencia de los
animales, somos seres altamente emocionales;
estamos dotados de una estructura psicológica,
llamada personalidad; sentimos un especial
apego por nuestra autoimagen, y hemos
desarrollado una herramienta de supervivencia
única: la mente representativa que se expresa a
través del lenguaje. El bienestar emocional,
psicológico y mental forma parte de nuestro
anhelo de felicidad, pero, al mismo tiempo,
gran parte de nuestras experiencias dolorosas
están relacionadas con nuestras emociones,
con nuestra autoimagen y con nuestra forma de
concebir la realidad. ¿Cómo funcionan nuestras
emociones? Tanto el término “emoción” como
el término “movimiento” tienen en su raíz la
palabra latina motus. La emoción es la fuerza
que nos pone en movimiento, la que nos hace
actuar en un sentido o en otro. Aunque el
número de emociones que un ser humano es
capaz de experimentar es infinito, todas
nuestras emociones pertenecen a tres familias:
La familia del deseo
La familia del rechazo
La familia de la indiferencia
La familia del deseo incluye lo que
habitualmente se entiende por amor, la pasión,
el ansia de posesión, la ambición, la avidez, el
apego, la seducción, la avaricia, la codicia,
etcétera. La familia del rechazo incluye el odio,
la aversión, la ira, etcétera. La familia de la
indiferencia incluye la abulia, la apatía, el
aburrimiento, la pereza, la falta de impulso
vital, etcétera. Existe una íntima relación entre
las sensaciones y las emociones. Por ejemplo,
cuando consideramos que algo es
sensorialmente agradable, aparece de
inmediato el deseo de conseguirlo, y cuando lo
hemos logrado, continúa el deseo de seguir
experimentándolo. Y este deseo conduce
fácilmente al apego a la fijación en el objeto de
nuestro deseo. Por el contrario, cuando
consideramos que algo es sensorialmente
desagradable, aparece de inmediato el rechazo.
Este puede convertirse fácilmente en aversión,
y esta en odio y en ira. Por su parte, cuando lo
que experimentamos no nos resulta ni
agradable ni desagradable sentimos un estado
de indiferencia que puede conducirnos a la
abulia, la apatía, la pereza, la desmotivación o
el aburrimiento. No hay básicamente ningún
error en este mecanismo sensorial-emocional.
En su origen es un mecanismo de supervivencia.
En su estado natural, todo lo que amenaza la
vida es considerado desagradable, odioso. Todo
lo que facilita la vida es considerado agradable,
ventajoso y hacia ello se dirige el deseo,
principal fuerza motora de la existencia
humana. Por eso, mi maestro Taisen Deshimaru
solía decir que nos pasamos la mitad de nuestra
vida corriendo detrás de lo que nos resulta
agradable y la otra mitad huyendo delante de lo
que nos resulta desagradable, sin conocer la
verdadera paz ni el descanso. No obstante,
como escribió el maestro Dôgen: aunque las
amemos, las bellas flores se marchitan, aunque
les odiemos, las malas hierbas crecen. Esto es,
no siempre podemos obtener lo que deseamos.
Desear es fácil y no cuesta nada. Satisfacer los
deseos suele ser un poco más difícil y siempre
hay que pagar un precio. Por ello, deseamos y
deseamos sin darnos cuenta de que vamos
acumulando un excedente de deseos no
satisfechos. Esta acumulación de deseos
insatisfechos se convierte en frustración, y esta
es una forma de dolor emocional, evitable. Por
otro lado, no siempre podemos evitar aquello
que resulta desagradable o doloroso. A veces
no tenemos más remedio que aceptar el dolor
o la aflicción en vez de luchar obstinadamente
en su contra. Con respecto a la mente
representativa, gracias a ella creamos una
imagen subjetiva del mundo. En el fondo no nos
relacionamos con la realidad, sino con la
imagen de esta que ha creado nuestro cerebro.
Creemos que la realidad es lo que nuestro
cerebro nos dice que es. Sin embargo, a veces
la realidad no coincide con la imagen que nos
hacemos de ella. Esta falta de coincidencia
entre la imagen subjetiva y la realidad objetiva
es causa de gran parte de nuestro dolor. Por
ejemplo, cuando bajamos una escalera
prestamos atención a los escalones. Nuestra
conciencia visual registra el espacio y envía la
información al cerebro. El cerebro calcula y da
la orden de avanzar un paso de forma que
nuestro movimiento coincida con el espacio
real. Pero sucede a veces que no prestamos la
atención debida, calculamos mal, es decir,
nuestro cerebro comete un error de cálculo con
respecto a la distancia y al movimiento
necesario y, como consecuencia damos un mal
paso, perdemos el equilibrio, caemos y, a veces,
salimos contusionados. Esto es debido a una
falta de coincidencia entre nuestra imagen
subjetiva de la realidad y la realidad objetiva. Lo
que acabamos de ver nos sucede a menudo en
muchos aspectos de nuestra vida. El resultado
es con frecuencia una experiencia
desagradable, muy desagradable o bastante
dolorosa.
El Dolor Existencial o Esencial
Aunque consiguiéramos erradicar por completo
todo tipo de experiencias desagradables, muy
desagradables o dolorosas y fuéramos capaces
de permanecer siempre en un estado de gozo-
felicidad tanto sensorial y emocional como
psicológico o mental (lo cual está bastante
alejado de la realidad posible), es decir, aunque
lográsemos permanecer en un continuo estado
de felicidad sensorial, emocional, psicológica y
mental, tarde o temprano nos encontraríamos
con el rey del dolor, el mayor de todos los
dolores, la mayor aflicción de todas las
aflicciones, con la ruina absoluta de nuestro
hipotético negocio de felicidad; a saber, la
muerte. La muerte es el final de la
individualidad psicosomática, de la
personalidad, de la autoimagen, del yo. Cuando
la muerte llega, el yo desaparece. Ningún yo
puede sobrevivir a su propia muerte. Esto es un
hecho. Aunque tratemos de vivir como si eso
no fuera con nosotros, todos sabemos que
tarde o temprano vamos a morir. Sabemos que
nuestra existencia individual tiene fecha de
caducidad, un límite, un final. Quizás la especie
humana sea la única especie animal que tiene
autoconciencia de la propia muerte. Y la
conciencia de la propia muerte es el mayor
dolor de los seres autoconscientes que somos.
Lo llamamos dolor o angustia existenciales. En
general, y como también ha puesto de
manifiesto la psicología occidental, esta
angustia se encuentra profundamente
escondida en lo más recóndito del inconsciente,
protegida por complejos mecanismos de
defensa psicológicos que impiden que aflore en
nuestra vida cotidiana. Sin embargo, por muy
escondida que esté, esta angustia es la causa y
el motor secreto de gran parte de nuestro
comportamiento y de nuestra actividad en el
mundo. Exagerando, podríamos decir que
vivimos para ocultar que la muerte es nuestro
destino. Vivimos como si nunca fuéramos a
morir. Vivimos creyéndonos inmortales, de
espaldas a la realidad de nuestra finitud,
construyendo sueños de inmortalidad. Por ello
nos cuesta reconocer hasta qué punto nos
aterroriza la muerte. Tal vez ni nosotros mismos
sepamos conscientemente hasta qué punto la
negación de nuestra propia caducidad es el
motor de nuestros actos. Seamos conscientes o
no de ello, el hecho es que por muy felices que
seamos en este mundo, por hábiles que
hayamos sido para burlar el dolor sensorial o
emocional-psicológico, cuando llega el
momento de morir tenemos que dejarlo todo:
tanto el placer como el dolor, tanto felicidad
como desgracia, tanto éxito como fracaso.
Dicen que el Dios del tiempo nos concedió al
nacer un crédito de instantes limitados.
Conforme vamos viviendo vamos consumiendo
el crédito. Llega un momento en el que el saldo
de instantes es cero; entonces debemos
entregar la vida. Ningún sueño de inmortalidad,
ninguna proyección ilusoria de supervivencia
más allá de la muerte ha conseguido a lo largo
de la historia de la humanidad calmar o negar la
angustia existencial que produce el carácter
transitorio de nuestra vida. Muchas religiones
lo han intentado y lo siguen intentando, pero
los sueños de inmortalidad desaparecen con
aquel que los ha albergado. Resulta paradójico
que siendo el anhelo de felicidad el impulso
básico que nos mueve, al mismo tiempo la
experiencia del dolor y del sufrimiento sea la
más universal, la que nos iguala a todos los
seres humano, la más extendida, al parecer.
¿Por qué puede ser esto? ¿A qué puede
deberse? ¿Hay algún tipo de error en la vida
humana? ¿Somos acaso el producto de un Dios
sádico y loco que al mismo tiempo que nos
inocula el virus de la sed de felicidad nos crea
impotentes para alcanzarla?
El Origen del Dolor
Desde el punto de vista de la experiencia y la
enseñanza de Buda, los seres humanos
tenemos todo lo que necesitamos para acceder
y permanecer en un estado de felicidad
profunda y duradera. Todos estamos dotados
con la naturaleza de Buda, es decir, con
cualidades de conciencia, sabiduría,
conocimiento y bondad innata. Todos somos
budas en potencia y tenemos capacidad para
ser budas en acto. La naturaleza de Buda
encuentra en lo más profundo de nuestra
naturaleza humana. Es, de hecho, nuestra
naturaleza humana dormida a la espera de ser
despertada. Para ello necesitamos descorrer el
velo que lo oculta, que no es otro que nuestra
propia ignorancia. Desde el punto de vista de la
enseñanza del Buda, la ignorancia es el origen
de toda forma de dolor, tanto del que es
evitable como del inevitable. ¿Cómo puede ser
esto? Es la causa del dolor evitable porque
debido a ella no lo evitamos. Es la causa del
dolor inevitable porque debido a ella no
aceptamos que el dolor inevitable es inevitable
y lo convertimos en sufrimiento. Por tanto,
disolver la ignorancia de la propia mente es la
tarea fundamental no solo de los seguidores
budistas, sino de todo ser humano que aspire a
la paz y la felicidad. Ahora bien, ¿qué es esta
ignorancia? En sánscrito, el término que la
designa es avidya; en japonés es mumyo.
Ambos designan la misma realidad: una mente
poco clara, una mente oscurecida por una
percepción errónea de la realidad. Con el
término “ignorancia” me refiero al velo que
empaña la conciencia humana y le impide tener
un conocimiento claro y luminoso de la
realidad. La ignorancia puede ser entendida,
pues, como conocimiento deficiente, por
impreciso y limitado, tanto del sujeto con
respecto a sí mismo como del sujeto con
respecto a la realidad. Ignoramos quiénes
somos y qué es en verdad la realidad en la que
vivimos; es decir, el conocimiento que tenemos
de nosotros mismos y de la realidad es
deficiente.
La Ignorancia como Causa Básica del Dolor
Este conocimiento deficiente es el resultado de
un proceso cognitivo también deficiente, por
impreciso y limitado. La disolución de la
ignorancia, y por lo tanto del dolor y el
sufrimiento, solo puede producirse por medio
del conocimiento correcto de la verdadera
naturaleza del yo y de la realidad. A la
experiencia de este conocimiento se la llama en
el budismo “iluminación”. Esta iluminación no
es un conocimiento ordinario, no tiene como
base el pensamiento racional, la razón. Es más
bien una “experiencia”. No obstante, en la base
de esta experiencia no se hallan las impresiones
sensoriales. Más bien al contrario, esta
experiencia solo aparece cuando el
pensamiento racional y las impresiones
sensoriales y emocionales han sido
trascendidos. Aunque he dicho que se trata de
una experiencia, tendría que decir más
apropiadamente que se trata de la experiencia
por excelencia, ya que a través de ella la fuente
de todo conocimiento que es la conciencia se
conoce y se ilumina a sí misma.
Algunos Casos de Inmolación a lo Bonzo
Las estadísticas señalan que, desde junio de
1963, hasta julio de 2019, 36 personas,
incluyendo hombres y mujeres de los
siguientes países y ciudades: Vietnam, Praga,
Bélgica, Japón, El Tíbet, Chile, Argentina,
Andalucía, Almazora, España, México, Israel,
Uslo, Grecia, Egipto, Mauritania, Túnez,
Argelia, Perú, Telangama, Italia, Moscú,
Panamá y Ginebra, han hecho uso de este tipo
de inmolación. Algunos de los que intentaron
inmolarse, no lograron su objetivo, ya fueron
salvados por personas presentes en el lugar
donde se prendieron fuego.
Algunas personas se han suicidado por razones
religiosas, otras por honor. Continuará
Alberto. Fuentes
Bibliografía: Libro, El Monje Zen; Dokushô
Villalba
(ALBERTO FUENTES, INVITADO POR GUSTAVO GONZÁLEZ URDANETA)
Comments
Post a Comment