Venezuela: Una encrucijada entre participación politica, indiferencia, inactividad y apatía
Venezuela: Una
encrucijada entre participación politica, indiferencia, inactividad y apatía
Gustavo Gonzalez
Urdaneta
Miami 3 junio
2021
Lo primero que
debemos precisar es que todas las personas pueden participar de diferentes
maneras en un sistema político democrático y que una de las ventajas en
democracia, es que se puede participar y que, en general, en regímenes no
democráticos no se puede participar, ni opinar, ni ejercer la libertad. Eso nos
lleva a la consideración de que hay formas distintas de actividades de
participación y que existen diferencias entre participación convencional
y no convencional. Pero ¿qué es eso? ¿A qué nos referimos con la
distinción entre formas convencionales y no convencionales de participación?
El nivel de
convencionalidad está dado por si las acciones son o no demandadas por el
sistema político. Esta manera de distinguir a la participación política tiene que
ver con el hecho de si se ajustan o no a las normas sociales y a los valores
dominantes de una sociedad. Esta distinción es históricamente relativa, ya que
lo que en un momento puede considerarse como no convencional puede
transformarse en convencional tiempo después y así va evolucionando. La
diferencia entre éstas es que la convencional es aquella que aparece
como legal y legítima, es demandada por el sistema político y promovida por las
élites y las instituciones; mientras que la participación no convencional
es aquella que no emplea los canales institucionalizados, en ocasiones es
extralegal y suele ser irregular, específica e infrecuente. Algunos autores
prefieren no llamarla participación no convencional sino hablar de ella como
formas de acción política.
Podríamos decir
que la participación convencional son las cosas que el sistema nos pide
que hagamos. En general, caben aquí las actividades relacionadas con el proceso
electoral, con la formación de la opinión pública, con el contacto con las instituciones
y con la movilización política organizada. Hay muchas actividades diferentes,
algunas de ellas pasivas (como dar seguimiento a la política o a las campañas a
través de los medios) y otras que requieren de las personas realizar un
esfuerzo más grande (por ejemplo, participar en la resolución de los problemas
locales, participar en una campaña o postularse a un cargo). Estas actividades
no son excluyentes: no tienes que elegir una sola actividad o manera de
participar. Por el contrario, se trata más bien de tareas complementarias, pues
las personas pueden desarrollar varias de ellas, al mismo tiempo o en distintos
momentos, conforme lo que consideran necesario y pertinente.
En 2015 la
oposición de Venezuela obtuvo una amplia e histórica victoria de participación
convencional en las elecciones parlamentarias celebradas el domingo 6 de
diciembre. La oposición venció al chavismo por primera vez en 16 años de
Revolución Bolivariana en Venezuela. Salvo aquella derrota sufrida en el
referendo de 2007 para hacer una reforma constitucional, el oficialismo siempre
se había impuesto en las urnas desde que llegó al poder. Una crisis económica
sin precedentes –marcada por la alta inflación, la recesión y la escasez– llevó
a muchos venezolanos a ejercer el voto castigo contra el gobierno de
Nicolás Maduro en estas elecciones.
Las participaciones no convencional
suponen la voluntad de cambiar o transformar una situación que se percibe como
injusta. Estas expresiones y acciones surgen de manera espontánea, no demandada
por el sistema político y buscan influir directamente más que hacerlo a través
de representantes electos y por los medios establecidos. Estas actividades de
participación no convencional pueden ser legales e ilegales y pueden o no
incluir el uso de la violencia. La legitimidad del uso de la violencia puede
ser muy compleja y las posturas pueden ser diversas en los distintos grupos
sociales Por lo general la participación
no convencional es muy diversa, algunas de ellas pueden ser, entre otras,
huelga de hambre, bloqueo del tránsito, boicot de actos públicos o de servicios
o productos; incumplimiento de obligaciones legales, manifestaciones ilegales
sin observar los requisitos establecidos por la ley y la reivindicación de los
lugares públicos y de los símbolos nacionales.
Los sucesos de Puente
Llaguno, también conocidos como la Masacre de El Silencio, es un
término acuñado por los medios de comunicación venezolanos haciendo referencia
a los hechos ocurridos en el centro de Caracas durante una marcha
multitudinaria hacia el Palacio de Miraflores y como resultado perdieron la
vida diecinueve ciudadanos venezolanos, entre simpatizantes de Hugo Chávez y
opositores. De ese lunes 11 de abril ya se han cumplido 19 años y aún quedan
dudas pues solo sentenciaron a personas de la oposición aplicando una subjetiva
concepción de la justicia: “Todos los señalados, son culpables aunque los
hechos demuestren lo contrario”. Una participación no convencional que terminó con
violencia instigada por los chavistas.
Un ejemplo
triunfal de participación no convencional obtenido por los venezolanos
fue la consulta nacional de Venezuela de 2017, también llamada plebiscito
nacional y producto de la consulta popular convocada por la Asamblea
Nacional la cual se celebró el 16 de julio de 2017. Este proceso electoral se
diferenció de procesos anteriores debido a que se trató de un acto de
desobediencia civil, en el contexto de la aplicación de los artículos 333 y 350
de la constitución venezolana, en el cual se desconoce al Consejo Nacional
Electoral y al Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela, debido a lo que la
oposición consideró la «ruptura del hilo constitucional» generada por ambos
poderes, según las declaraciones de la Asamblea Nacional.
La participación
no convencional es ampliamente utilizada, en especial, cuando las personas
consideran que sus demandas no han sido atendidas adecuadamente a pesar de
haber sido canalizadas a través de otros mecanismos. También, con frecuencia,
permiten lograr una mayor visibilidad ante la sociedad en general y resultan
más flexibles, más accesibles y cercanas a la gente.
Una vez
resumidos los tipos de participación el objetivo sería tratar de vislumbrar
cómo las variables interés en la política, conocimiento político, eficacia y
confianza políticas se relacionan con las diferentes maneras de
participación política de los venezolanos. De esta forma, nuestro interés nos
acerca a dos cuestiones que están hoy en el centro de los debates teóricos y
políticos: por un lado, cómo y por qué los ciudadanos participan en política;
y, por otro, cuál es la relación de estos con los asuntos públicos.
En general el interés
en la política entre los venezolanos está asociado con la confianza en los
partidos, el nivel educativo, la pertenencia a asociaciones civiles y el
voluntariado, la sociabilidad informal, la adhesión a valores democráticos, la
edad, el tipo de ocupación de las personas y el tamaño de la localidad en la
que se vive.
El caso del sistema
de partidos venezolanos es singular. Uno de los factores que la literatura
ha señalado para explicar la estabilidad pasada de la democracia venezolana ha
sido la fortaleza de sus partidos políticos. En el estudio Cross-National de
Mainwaring y Scully, el caso venezolano aparecía dentro del grupo de sistemas
de partidos con un alto nivel de institucionalización; en 1993 entraba en un
proceso de descomposición que culmina con la victoria de Chávez en 1998. En la
búsqueda de una explicación a este fenómeno, el análisis se ha centrado en la
desconfianza política, en particular en la desconfianza en los partidos
políticos, y se han explorado las causas de esta última.
Dos indicadores
han ayudado a medir la pérdida de confianza en los partidos. Por un
lado, la identificación partidaria: de los resultados empíricos se
desprende que se ha incrementado el número de independientes, convirtiéndose en
el grupo que pasa a decidir las elecciones. Al erosionarse los vínculos
partidistas, el voto ha empezado a depender de factores coyunturales. En este
sentido, la evaluación de la situación del país ha tenido una influencia
significativa en la decisión de voto como consecuencia del mal desempeño de la
economía en las dos últimas décadas. Los
análisis de los expertos demuestran que los indicadores utilizados para medir
el desempeño económico del gobierno son buenos predictores de la desconfianza
en los partidos políticos.
Respecto del
segundo indicador, la confianza en las instituciones políticas se puede
concluir que la evaluación que los venezolanos hacen de las instituciones
políticas ha ido empeorando en las últimas dos décadas, siendo particularmente
negativa la evaluación que hacen de los partidos políticos. Pero se ha
demostrado cómo el descontento con la actuación de las instituciones concurre
con un elevado apoyo a la democracia, es decir, los ciudadanos siguen
prefiriendo la democracia a otros sistemas. Según Churchill “La democracia es
el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre. Con excepción de todos las
demás”.
Respecto a la
variable conocimiento político en particular, los resultados obtenidos
por los especialistas respectos a las medias de conocimiento político difieren
significativamente con relación a las diferentes modalidades de participación:
el desconocimiento político parece ser norma, y los que no participan
presentan menor conocimiento político, mientras que éste es mayor entre los que
participan de manera no convencional y, en particular, de forma convencional.
Asimismo, cabe señalar que la diferencia de conocimiento que se observa entre
los que participan convencional y no convencionalmente, puede estar dada por la
modalidad de la medición del conocimiento político que se orienta a una
perspectiva formal de la política (privilegiando los roles de instituciones y
funcionarios políticos salientes en el contexto espacio-temporal, por ejemplo),
lo cual implicaría un conocimiento más cercano a aquellos que participan de las
reglas de juego y de los actores claves en el sistema político institucionalizado.
La eficacia
política, el grado hasta el cual la gente cree que puede ejercer influencia
sobre el sistema político, es considerada esencial para la salud de una
“democracia participativa”. Según palabras de analistas políticos “el sentido
de la capacidad de participar en política parece incrementar la legitimidad del
sistema y conduce a estabilidad política.” La literatura sobre la eficacia
política hace una distinción entre dos formas básicas: externa (la
creencia de una persona de que el gobierno responde a sus necesidades) e interna
(la creencia de que puede participar eficazmente en la política). En ambas
medidas, se encuentra que los niveles de eficacia política en las Américas
medida en el 2010, sin entrar en el análisis de sus causas, son bajos. Por lo
tanto, muchos en la región no creen que sus gobiernos están respondiendo a sus
necesidades, ni creen que en lo personal están adecuadamente equipados para
influir en el gobierno. Esto es preocupante en la medida en que anima a las
personas a retirarse de la política o, en casos más extremos, las deja con la
voluntad de apoyar métodos extrajudiciales para lograr fines políticos.
La eficacia
política interna y el interés político constituyen las variables que
mejor discriminan con relación al modo de participación no convencional.
Algunos analistas matizan los sugeridos por la mayoría de los abordajes de la desafección
política que se concentran en las prácticas electorales. Los que optan por
involucrarse principalmente en formas no convencionales son aquellos que se
auto perciben como competentes para intervenir en los asuntos públicos, a la
vez que muestran un mayor interés en la dinámica política en la cual están
inmersos. En este sentido, se hace evidente la desvalorización que reflejan las
prácticas asociadas a instituciones políticas tradicionales, en particular los
partidos políticos.
El retiro de los
jóvenes más movilizados políticamente de los partidos y otras
instituciones políticas tradicionales podría connotar una fuerte crítica de
la productividad misma de la política, de su capacidad para resolver
los problemas y demandas de los ciudadanos. A su vez, los partidos políticos
rara vez se hacen eco de demandas e intereses de los jóvenes, lo cual
aumentaría la distancia percibida entre dichas instituciones y los ciudadanos.
En consecuencia, los jóvenes con mayor interés y sensación de eficacia
política interna prefieren participar en alguna organización civil,
intervenir en marchas o manifestaciones públicas, acudir a vecinos
para realizar demandas concretas o contactar a un puntero político.
No obstante, la crítica
y desconfianza hacia las instituciones tradicionales, como ya se ha
indicado, no es propiedad exclusiva de los jóvenes; por el contrario, se
extiende a la mayoría de los grupos sociales, y se profundiza tras
la crisis socioeconómica y político-institucional que ha sufrido Venezuela
desde 1999, a la vez que se inscribe en el descentramiento de lo
político y en transformaciones culturales e institucionales relevadas
internacionalmente.
La opinión de
los especialistas está dividida. Unos avalan que las nuevas generaciones
se involucran menos en los asuntos públicos que los jóvenes de generaciones
anteriores o que otros cohortes etarios (perspectiva de la desafección).
Sin embargo, otros advierten que la brecha participativa intergeneracional sólo
se vería reducida en lo que respecta a prácticas de tipo no
convencional, en especial la predisposición a participar de marchas y
manifestaciones y al activismo en grupos sociales. Se observa igual una perspectiva
intermedia que concluyen que más de la mitad de los participantes
utilizarían conjuntamente formas convencionales y no convencionales en la
búsqueda de influencia política para lograr los objetivos establecidos.
Para cerrar me
gustaría considerar la actitud de los participantes en la politica
venezolana. Como dijo mí siempre apreciado Winston Churchill “La actitud es una
pequeña coas que hace una gran diferencia”. Fue Martin Luther King, creo, quien
consagró el tópico según el cual a quienes habría que temer como participantes no
es a los malvados sino a los buenos indiferentes. Hay una
pregunta que en todo caso habría que hacer, si queremos ser justos y sobre todo
si la mencionada apatía nos inquieta y queremos remediarla: ¿por qué son
indiferentes los indiferentes? Si consideramos a los
inmovilizados como políticamente inactivos, cabría la misma pregunta: ¿por qué
están inactivos los inactivos?
Conceptualmente,
una cosa es la indiferencia y otra la inactividad y supongo que
entre la gente políticamente “apática” hay quienes deben su actitud a
cierta falta de comprensión, a la asunción de una cierta filosofía de vida,
pero habrá otros que simplemente no se sienten suficientemente atraídos a
participar ni en condiciones de crear espacios propios. Habría entonces los
inactivos simplemente apáticos y aquellos que solo circunstancialmente se
mantienen inactivos. Una de las funciones naturales de los activos es
ayudar a los indiferentes e inactivos a superarse y, sacar de la apatía
y la inacción política es casi sinónimo de hacer política. La indiferencia es el apoyo silencioso a favor de la injusticia
y los miembros de la actual generación tendrán que lamentarse no solo por
las palabras y los actos odiosos de las malas personas, sino por los clamorosos
silencios de las buenas.
Con frecuencia
y, tal vez sin razón, me quejo de amigos y compañeros que se preguntan cómo
pueden contribuir con el país pero jamás dan muestras de capacidad de reacción
ante las mil canalladas de nuestro régimen dictatorial y sectores de poder en
general. Ante la pequeñez de los grupos alternativos así como lo limitado de
las manifestaciones de protesta ante, por ejemplo, a la escasez de alimentos,
la hiperinflación y la inseguridad, debemos preguntarnos cuánto de verdadera
apatía pero también cuánto de inactividad circunstancial ronda en
nuestro ambiente. Confieso no tenerlo suficientemente claro, pero les cuento
algunas apreciaciones recientes.
Como bien dijera
Charles Dickens “Las malas consecuencias de una educación imperfecta, de una
indiferencia peligrosa, de inhumanas restricciones; y el rechazo absoluto de
cualquier goce, todo procederá de nosotros y nada se detendrá. Se extenderán en
todas direcciones. Siempre sucede así, al igual que con la peste.”. Si vamos a
luchar contra alguna enfermedad hagámoslo contra la peor de todas: La
indiferencia.
Los grados
significativos de apatía política que ciertamente reinan en nuestro
medio, asociables a los bajos niveles culturales en la población, al ambiente
cultural de la época, así como a la confusión provocada por la práctica
política dominante, no evitan que al propio tiempo la inmensa mayoría de la
población dé a diario muestras de disgusto con lo socialmente existente ni que
ocurran permanentemente manifestaciones locales y parciales de protestas.
Más que la
innegable apatía –expresión de nuestro atraso-, lo que verdaderamente
obstaculiza una mayor participación de la población en la acción política es el
débil y viciado auspicio de espacios de participación de la gente en esta clase
de actividad. Son por tanto los agrupamientos políticos los que deberían
estar más empeñados en la creación de espacios y formas de
acción en las que la gente se sienta a gusto. Hay muchos mecanismos
posibles de comunicación, de formación ciudadana y de expresiones artísticas,
en la infinidad de sectores urgidos de organizar sus fuerzas para enfrentar sus
dificultades y reivindicar e involucrar a la gente en la acción
política. Hay dos carencias que suelen ser notables en la vida particular
de las propias agrupaciones partidarias: espíritu democrático y sentido
de la eficiencia.
La inactividad
y la apatía política no fueron inventadas por los grupos políticos
existentes. Todos somos llamados a activar políticamente a todo el mundo, pero
no todos asisten y puede que así siga siendo siempre y en todas partes. Lo que
preocupa es que esa indiferencia, real en unos casos y la solo aparente
y circunstancial en otros, afecte sobre todo a los buenos y les
permita a los malvados seguir haciendo de las suyas. Tenía razón Luther King. Algo
serio hay que hacer para que los despreocupados, incluidos aquellos que
“no creen en nada”, comiencen al menos a no creerse con derecho a la irresponsabilidad
ciudadana. Al fin y al cabo, en algo creen los que no creen en nada…
Para finalizar, conviene
destacar que los datos que sitúan a los jóvenes en espacios y prácticas
novedosas ilustran sus preferencias por organizaciones informales, más
horizontales, y donde el peso de la acción recae sobre lo colectivo. Se
tratarían, en conjunto, de nuevas formas asociativas que no tienen pretensiones
universalistas sino que funcionan en torno a temáticas e intereses específicos,
con un fuerte arraigo comunitario y en redes de pares. La emergencia de
estos nuevos paradigmas de implicación juvenil parece cuestionar
los instrumentos hasta ahora privilegiados por los partidos y líderes políticos
tradicionales.
Entonces ¿qué se
debe hacer como ciudadanos para que esto cambie?
En el corto
plazo poco se puede a menos que haya una mayor participación de todos los
venezolanos. En este sentido, me inclino a favor de lo que Paola Alemán nos
dice en su artículo de Desafíos para la Transformación Democrática de
Prodavinci, donde se refiere a dos propuestas que buscan aliviar los síntomas
del daño antropológico que advierte en la realidad de nuestro país: Construir
espacios de ciudadanía y reivindicar la política.
Considera la
autora que la construcción de espacios de ciudadanía puede ayudar a
resistir el avance totalitario en el mundo interior de las personas y aliviar
sus síntomas inmediatos. Entendiendo por espacios de ciudadanía aquellas
instancias que ofrezcan herramientas, conocimiento e intercambio que permitan
experimentar el ejercicio de los valores democráticos. En tal sentido considera
que los contenidos deben ir orientados al fortalecimiento del sentido de
la lucha democrática y de las virtudes humanas que permiten
resistir las hostilidades del entorno. En concreto, señala que estos espacios
son los partidos políticos, las universidades, los sindicatos, gremios y
organizaciones no gubernamentales, entre otros.
Nos señala la
autora que la recuperación de la democracia debe pasar necesariamente por un
proceso de reivindicación de la política, entendiendo como tal al
reclamo como propio de la realización o de la autoría de una acción
determinada. Considera que la política -entendida como una tarea conjunta y
comunitaria-, apalancada en el testimonio honesto y en el trabajo sostenido,
debe asumir la tarea de liberar y sanar al país. Bajo esas premisas, nuestra
realidad nos exige asumir la entrega a lo público con especial generosidad sin
la búsqueda permanente de éxitos a veces no son posibles. Yo añadiría que, en
base a todo lo expuesto en este artículo, el cambio generacional y la educación
política son vitales para recuperar la libertad.
“Para que el mal
prospere, sólo requiere que los hombres buenos no hagan nada.”
Simon
Wiesenthal
Es indudable que el régimen chavista ha configurado un entorno totalitario en donde se busca dominar la conciencia de los venezolanos y se afecta profundamente nuestra condición humana y son varios los aspectos que caracterizan el perfil del venezolano que afectan nuestras capacidades de lucha democrática interna que ha ido configurando el régimen actual en las últimas dos décadas a través de un régimen totalitario
ReplyDeleteEl miedo, la desconfianza y la paranoia han avanzado en el país como barreras humanas que obstaculizan la lucha democrática y un primer indicio es la desaparición de la política en los espacios privados, por ejemplo, en los grupos de WhatsApp. Se percibe que después de dos décadas de lucha y engaños ya hastiados y cansados, haya desconfianza y miedo. Lamentablemente nos lleva a privarnos de interactuar con otros, escuchar sus ideas y de la importancia de construir consensos. Al erradicar la política del espacio público y privado clausuramos la escuela de ciudadanía que se construye en la cotidianidad.
Lo que varios autores llaman daño antropológico se entiende como el debilitamiento, la lesión o quebranto, de lo esencial de la persona humana, de su estructura interna y de sus dimensiones cognitiva, emocional, volitiva, ética, social y espiritual, todas o en parte, según sea el grado de trastorno causado. El mismo ha surgido y se ha instaurado como consecuencia de vivir largos años bajo un régimen en el que el Estado, y más en concreto, un Partido único pretende encarnar al pueblo, orientar unívocamente toda la institucionalidad, interpretar el sentido de la historia y mantener el control total sobre la sociedad y el ciudadano. De esta forma subvierte la vida en la verdad, menoscaba su libertad, y vulnera los derechos y deberes cívicos, políticos, económicos, culturales y religiosos de las personas, lo que hiere profundamente su dignidad intrínseca, al mismo tiempo que provoca una adaptación pasiva del ciudadano al medio y una anomia social persistente.