El periodismo narrativo y la crónica: Una manera de dejar huella de una sociedad en una época (GUSTAVO GONZALEZ U.)
El periodismo narrativo y la crónica: Una manera de dejar huella de una sociedad en una época
Gustavo González
Urdaneta
Miami 1 mayo 2022
El tsunami de
información diaria actualmente es de tal magnitud que a, quienes nos hemos
aficionado a escribir, muchos documentos y notas van engrosando los archivos de
temas pendientes, candidatos y/o en proceso de convertirse en articulo pero es
como si los archiváramos en un cajón o en un viejo trastero. Puede que los
revisemos de tiempo en tiempo pero siempre estan ahí. Pocos se convierten en
articulos. Hace falta volverlos a abrir y retomarlos pero el día a día de la
humanidad se retrata en pequeñas y limitadas instantáneas, en hojas de
periódicos y noticieros que ya por la noche van a parar a las papeleras o a enormes
archivos multimedia inabordables. Hay, en la dictadura de la actualidad, la
injusticia de lo que se desdeña y eso nos hace pensar que es un buen tiempo
para el periodismo narrativo en Latino America.
El periodismo
narrativo es periodismo porque, aunque utilice diversas técnicas y distintos
recursos, no inventa nada, porque en él está presente el compromiso de
informar, y es narrativo porque busca contar historias, hacerlas entretenidas
para los lectores y con tal grado de profundidad que se conviertan en un
reflejo de su época. La narración fundamenta su estructura en las acciones, en
los verbos, y es perfectamente compatible con la descripción, que determina su
fuerza en los adjetivos y en los sustantivos. Narrar es detallar las acciones
de unos personajes en un lugar determinado, una buena narración no puede
abstraerse del contexto y ofrece la ventaja de captar y dejar huella de las
acciones humanas, a través de géneros como el reportaje, la crónica, la
entrevista, como género en sí, el perfil y el testimonio.
El buen
periodismo también puede convertirse en literatura. El periodismo y, en
especial, el periodismo narrativo es una forma de escritura que por sus
características, que incluyen encontrar personajes, recrear acciones y
contextos, ha sido un modo para mantener una memoria viva de las
civilizaciones, una historia que palpita y está viva en esos papeles
amarillentos, que cobran validez cada vez que alguien se dedica a estudiarlos.
En la función de
retratar la historia, el principal exponente ha sido la crónica, uno de los
géneros que más ha aportado al desarrollo de la narrativa en América Latina.
Desde los Cronistas de Indias hasta los Nuevos Cronistas de Indias ha habido un
intercambio entre la literatura y el periodismo que ha generado productos
exitosos como El Carnero, de Juan Rodríguez Freile; el trabajo de Gabriel
García Márquez; el desarrollo de movimientos como el Modernismo; épocas y
formas de narración como las novelas denominadas de la Violencia. En nuestros
días se ha recibido un impulso con un grupo de escritores que intentan reflejar
la realidad de nuestro continente con la búsqueda de una voz personal que deja
testimonio de una época.
En referencia a
la crónica, el Nobel Gabriel Garcia Marquez, a quien las novelas terminaron por
ocultar su faceta de periodista y cronista, la definió hace muchos años en una
frase sencilla pero reveladora “Una crónica es un cuento que es verdad”. A este
respecto, hay periodistas que consideran que la crónica toma de la novela la
condición subjetiva, la capacidad de narrar desde el mundo de los personajes y
crear una ilusión de vida para situar al lector en el centro de los
hechos; del reportaje, los hechos
inmodificables; del cuento, el sentido dramático en espacio corto; de la entrevista los diálogos; del ensayo, la
posibilidad de argumentar y conectar saberes dispersos; de la autobiografía, el
tono memorioso y la reelaboración en primera persona. Para otros, una crónica
no es sólo un modo literario de enterarse de los hechos sino una forma de
conocer el mundo. Es un género en el que pueden convivir la duda y los hechos.
Otros la definen como “un dialogo entre el individuo y los acontecimientos”.
Antes de la
aparición del periodismo moderno y la sistematización de la crónica como un
género periodístico, se tenía por cronista al escritor que narraba los hechos
que consideraba dignos de recuerdo (de "pasar a la historia"),
registrados de forma sistemática en el tiempo (por ejemplo, año a año); el
término en algunos ámbitos se consideraba casi equivalente a historiador;
aunque este último tenía una acepción completamente diferente. A diferencia de
los escritores anónimos o conocidos de cantos épicos, los historiadores y
cronistas se distinguían por su voluntad de veracidad (al menos por
pretenderla, aunque fuera evidente su parcialidad) en sus relatos; que a menudo
se remontaban desde los acontecimientos contemporáneos hasta la Antigüedad, de
formas más o menos verosímiles.
Hay dos grupos
de cronistas: los que habían estado en América o habían sido protagonistas de
alguna de las hazañas de la conquista, y transmitían vivencias personales o
noticias adquiridas en el entorno americano, y los que elaboraron sus propias
obras reuniendo la información a través de las noticias de otros o lecturas de
escritos oficiales o privados, sin haber estado nunca en el Nuevo Mundo.
Al primer grupo
pertenecen descubridores, soldados, religiosos y funcionarios que desempeñaron
algún papel en este proceso, junto con los indígenas y mestizos que se
incorporaron a él. El segundo está formado por la mayoría de los representantes
de la historia oficial, que escribieron desde sus despachos, aunque manejaran
un caudal inmenso de información de segunda mano, acumulado por los centros de
la administración, como el Consejo de Indias, creado en 1524 para atender los
temas relacionados con el gobierno de los territorios españoles en América.
Posteriormente,
el término cronista comenzó a utilizarse más a menudo para designar al autor de
relatos contemporáneos. A la par que se desarrolló la historia como ciencia, y
con un objetivo que es a la vez narrar y explicar el pasado, el cronista pasó a
ser el simple relator de hechos desnudos, recopilador de fuentes o escritor
costumbrista, sobre todo cuando se utiliza su función de cronista local, que encarnan
la memoria de los pueblos a los que pertenecen y dedican su vida a desempolvar
la historia y dar a conocer el alma de los pueblos a sus habitantes. Son los cronistas
locales, una figura desconocida por su labor callada y altruista, pero tan
necesaria como recordar. «El que no conoce su pasado, no tiene vínculos ni
raíces».
El cronista no
oficial de Caracas fue Carlos Eduardo Misle «Caremis», conocido periodista e
historiador nacido en Caracas que desde muy joven desarrolló una afición por
coleccionar objetos; también por contar y registrar historias relacionadas con
su ciudad. Dos de sus amores fueron las corridas de toros y la ciudad de
Caracas. Trabajó en varios diarios cubriendo en varios de estos medios todo lo
relacionado con la fiesta taurina. También pasó por la televisión con un
programa en el extinto canal cinco al cual llamó “La corototeca del aire”.
El nombre de Corototeca
corresponde a la creación de su colección de recuerdos de la Caracas de
antaño. Documentos, fotografías y toda clase de objetos curiosos. Con el fin de
registrar la identidad de los caraqueños con su ciudad. Anécdotas y costumbres
caraqueñas fueron difundidas por «Caremis» para dar a conocer la ciudad de sus amores.
Era un excelso contador de historias que aderezaba sus relatos con un humor muy
particular.
Conviene
recordar que historia pasa al español a través del latín historĭa,
que a su vez la toma del griego ἱστορία (historia), término que hace referencia
al conocimiento adquirido mediante investigación o relato. Se empleaba en la
antigua Grecia en el sentido de ver o formular preguntas apremiantes a testigos
oculares; y significa también el informe de lo visto o lo aprendido por medio
de las preguntas. El sentido de este vocablo no contiene, de ninguna manera, el
componente temporal de su definición. Crónica,
por el contrario, es el vocablo para denominar el informe del pasado o la
anotación de los acontecimientos del presente, fuertemente estructurados por la
secuencia temporal. Más que relato o descripción la crónica, en su sentido
medieval, es una “lista” organizada sobre las fechas de los acontecimientos que
se desean conservar en la memoria.
A finales del
siglo XIX, con el desarrollo del periodismo popular, el de cronista se
convirtió en un oficio con pautas cada vez más claras y específicas. En los
diarios modernos, es el que va en busca de las noticias y las redacta sin
aditamentos como pudieran ser las opiniones, análisis, párrafos valorativos,
que deben estar ausentes de las crónicas. Los diarios estadounidenses,
especialmente, fijaron normas para su redacción. La concisión y precisión del
relato fueron desde entonces requerimientos básicos para la tarea del cronista.
De acuerdo con
los manuales de redacción de los primeros grandes diarios americanos y
europeos, el cronista debe exponer en el primer párrafo qué ocurrió, cuándo
ocurrió, dónde ocurrió, cómo ocurrió, y, si es posible hacerlo de forma
inmediata y sin incluir reflexión u opinión, por qué ocurrió. El resto
de la crónica será una ampliación del breve relato inicial, en orden
decreciente de importancia. El trabajo del cronista es altamente valorado por
la capacidad de captación de lo más importante o novedoso en un suceso y de los
detalles que resulten significativos o emocionalmente impactantes (el interés
humano). La magia de una buena crónica consiste en conseguir que un lector se
interese en una cuestión que, en principio, no le interesa en lo más mínimo». La
búsqueda es de temas locales que se universalicen. Y eso debe ser lo más jodido
del mundo.
El Nuevo
Periodismo, que los norteamericanos dicen haber inventado, ya estaba latente en
la obra de Daniel Defoe en el Diario del año de la peste y en el Relato
de un Náufrago, de Gabriel García Márquez. Defoe, famoso por su novela
Robinson Crusoe, en su novela Diario del año de la peste aplica la técnica
periodística: recurre a cifras, a estadísticas, a entrevistas para presentar un
panorama de Londres devastado por la peste. En el caso de Garcia Marquez, su texto
es considerado una de las piezas maestra del periodismo narrativo, inclusive ha
sido estudiado como un ejemplo para los estudiosos del testimonio, como un
género no canónico que busca darle voz a los que no la han tenido.
Después de leer Relato
de un náufrago recordé la radiografía satelital de los estados Amazonas y
Bolívar de Venezuela que permitió identificar más de 3.700 puntos de actividad
minera y una red de pistas utilizadas para traficar oro y drogas en el Arco
Minero, como lo reveló un reportaje entre el portal Armando.info y El País de
España con el apoyo de la Red de Investigaciones de los Bosques Tropicales del
Pulitzer Center y la organización noruega EarthRise Media. El reportaje permite
mostrar por primera vez en el mapa de Venezuela los puntos estratégicos que han
establecido las redes de contrabando para sacar cargamentos ilícitos por vía
aérea. La mitad de esas pistas se encuentran junto a alguna de las miles de
minas ilegales que emergen al sur del río Orinoco.
La lectura del
relato deja igualmente un déjà vu, esa sensación de haber pasado con
anterioridad por una situación como si se está produciendo por primera vez,
donde a veces todos somos como náufragos, perdidos y abandonados en un mar
inhóspito, lejos de todo, cerca de perderlo todo. Tratamos de mantener la
calma, y luego la perdemos. Y al final, cuando la esperanza casi se ahoga
fatalmente en nuestro pecho, por fin vemos la costa a lo lejos, y sentimos que
este doloroso viaje lo superaremos.
El caso de
Gabriel García Márquez y de otros integrantes del llamado Boom Latinoamericano
es muy similar al de Ruben Darío y Jose Martí; estos escritores encontraron en
la prensa una forma de ganarse la vida, de ''mantener la mano caliente'' y de
desarrollar estructuras narrativas que nutrieron profundamente sus esquemas
literarios. La mayor parte de la obra escrita por José Martí y Rubén Darío es
una obra recogida en periódicos, sin embargo, este tipo de textos no ha sido totalmente
analizado. Los gérmenes del modernismo y de las posibilidades de ampliar las
concepciones estéticas de sus poemas se encuentran en los relatos periodísticos
que ambos publicaron en la prensa durante años.
Este tipo de
periodismo se vale de unas técnicas similares a las de la literatura, como
contar el relato escena por escena; el manejo del tiempo y la tensión para
crear atmósferas y dar cuenta de los hechos que los ocupan. Inclusive, ambas
son construcciones del lenguaje y a él se deben. El periodismo narrativo tiene
el compromiso con la información, pero, además, con el componente estético, con
la particular característica de trascender en el tiempo; se puede leer una
buena crónica de hace mucho tiempo e identificar todos los elementos de validez
que se encuentran en un buen relato literario, en el que se establece un
diálogo entre el lector y el escritor de cualquier época. Igual sucede con el
dialogo de las entrevistas entre entrevistado y entrevistador,
Frente al
monstruo de la inmediatez que es Internet, la crónica ofrece la posibilidad de
contar, más que informar, lo que pasa. A diferencia de la noticia que informa
lo que ya pasó, la crónica traslada al lector al lugar de los hechos como si
estuvieran ocurriendo ante nosotros y narra como si desconociera el final de la
historia. Mucha gente no busca historias solo porque quiere leer, busca
experiencias. Por eso donde el cronista escucha una voz, evidencia un carácter;
donde siente un olor anuncia un gusto; donde ve una cifra expone un modo de
pensar. En resumen, un cronista es un recaudador de minúsculas singularidades.
Según Garcia
Marquez una crónica, al igual que una narrativa, es un cuento que es verdad; un
cuento que relaciona hechos y personajes en una misma trama, y que establece
secuencias, relaciones y causalidades entre todos ellos. Este es un dato
fundamental de la narrativa; la causalidad. Así, por ejemplo. para cerrar me
gustaría recordar una excelente comparación de dos narrativas que hemos vivido
en las dos últimas décadas en Venezuela. Una, la chavista, donde estan la
narrativa de la revolución, la del populismo, la del nacionalismo, la del
socialismo y la del militarismo. Entre las segundas esta la narrativa del
“pueblo venezolano”, las de la reconstrucción y la libertad. Sobre ese tema ya
habló Prodavinci en el 2017 y las narrativas de la reconstrucción nacional y de
la libertad expuestas se fortalecen y retroalimentan entre sí. Reconstruimos
para ser libres; queremos ser libres para reconstruir.
El liderazgo
democrático de esta hora tiene allí, a flor de piel, las narrativas que él
puede encarnar para sacar al país adelante. Es al mismo tiempo un mensaje de
esperanza y un trabajo de pedagogía social. La tarea va más allá de remover al régimen
dictatorial del poder. Hay que remover de la sociedad las narrativas del
fracaso que nos trajeron a donde hoy estamos, y darle aliento y vida, a las que pueden hacer sólidas y sostenibles,
el progreso y la libertad.
“Ninguna
aventura de la imaginación tiene más valor literario que el más insignificante
episodio de la vida cotidiana” Gabriel Garcia Marquez
"Las
letras, como las flores, como las frutas, como los pueblos, suelen sufrir
epidemias que las devastan y desfiguran" Ruben Darío
“El periodismo
es una maravillosa escuela de vida” Alejo Carpentier
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