La Soledad: Un sentimiento que no tiene edad (Gustavo González Urdaneta)

 

La Soledad: Un sentimiento que no tiene edad

Gustavo González Urdaneta

Miami 12  mayo 2022

 

A la soledad se le ha concebido como un estado subjetivo que contrasta con la condición de un aislamiento físico; surge como una respuesta ante la falta de una relacion particular, e implica un desequilibrio en el nivel deseado y logrado de interacción socioafectiva, cuyas consecuencias pueden afrontarse de manera negativa o positiva, dependiendo del grado de control que el sujeto ejerza sobre el déficit relacional. Esto nos lleva a que la soledad es un sentimiento que no tiene edad.

 

No sé si conocen esta historia. Es sencilla y explica cuestiones importantes. Contaba el alemán Arthur Schopenhauer que en una mañana muy fría varios erizos necesitaban calor para evitar congelarse. Para ello se apretujaron cada vez más unos a otros. Y cuanto más lo hacían más sentían el pinchazo mutuo de sus púas. Así que fueron alejándose y acercándose. Hasta encontrar la distancia exacta más soportable entre todos ellos. El comportamiento humano es muy similar. Nos pasamos la vida tratando de hallar esa distancia entre la necesidad de otros y la necesidad de nosotros mismos. No hay que olvidar que hoy en día, en algunos países, uno de cada cuatro hogares está ya formado por una única persona. Porcentaje que probablemente sería mucho mayor sin una recesión económica de por medio.

 

Todos sabemos que la soledad en compañía es la peor de las soledades. Desde niños se nos ha obligado a estar rodeados de otros. Algunos incluso intolerables. Porque alejarse implicaba no integrarse con los demás y eso resultaba un evidente desafío. Todo con tal de no aprender a quedarnos a solas. La soledad significa sentirse solo independientemente de la cantidad de contactos sociales. El aislamiento social es la falta de conexiones sociales. El aislamiento social puede causar soledad en algunas personas, mientras que otras pueden sentirse solas sin estar socialmente aisladas.

  

Entre las perspectivas conceptuales que han abordado el estudio de la soledad destacan la filosófica, la social antropológica y la psicológica. En términos psicológicos, existen diversas definiciones para la soledad, tal vez la más antigua sea la que la concibe como una experiencia displacentera, asociada con la carencia de intimidad interpersonal. Otros  conciben a la soledad como la ausencia real o percibida de relaciones sociales satisfactorias, que pueden ser acompañadas por manifestaciones de estrés psicológico.

 

Robert Stuart Weiss quien fuera llamado el padre de la investigación sobre la soledad, dice que ésta es una respuesta ante la ausencia de una provisión de relacion particular. Otros autores definen a la soledad como una discrepancia entre las relaciones interpersonales actuales y las deseadas. También se ha conceptualizado a la soledad como un mecanismo de retroalimentación adaptativo que informa al sujeto sobre el nivel de estimulación de interacción social que está recibiendo, en términos de cantidad y forma. Tal estimulación varía desde la falta (soledad), hasta el exceso (hacinamiento). Con base en esta variedad de definiciones, los especialistas han identificado tres características comunes de la soledad: a) Es resultado de deficiencias en relaciones interpersonales; b) es una experiencia subjetiva que contrasta con la evidencia física del aislamiento social y  c) es una experiencia estresante y displacentera

 

Siempre se habla de los aspectos negativos que comporta la soledad, asociados a la tristeza y al aislamiento. Sin embargo, este sentimiento puede llegar a ser un recurso a favor durante la etapa de crecimiento en la infancia. Y es que no todas sus consecuencias son negativas. Por una parte, aporta libertad total en esa etapa a la hora de decidir lo que deseamos llevar a cabo, sin la necesidad de tener que convencer a otros. Por otro, también permite tener más tiempo para utilizarlo cómo mejor convenga. Asimismo, los momentos de soledad sirven para que los niños se tranquilicen, reflexionen y utilicen ese tiempo para desarrollar nuevas habilidades. En este sentido, la soledad es una buena herramienta para crecer. Para que los niños comprendan todo lo que ocurre a su alrededor, primero deben entenderse a sí mismos. Si hay algo que estar solo enseña, es precisamente eso,  conocerse y conectarse con uno mismo realmente sin ningún tipo de filtro. Y esta es realmente la mejor interpretación de la soledad a lo largo de toda nuestra vida.

 

Durante la adolescencia, se producen numerosos cambios en los diferentes contextos sociales. Se da un proceso de autonomía y distanciamiento respecto a los padres y la relación con los iguales adquieren una elevada importancia y se vuelven más complejas. Las dificultades para adaptarse a todos estos cambios aumentarán el riesgo de experimentar sentimientos de soledad. La transición hacia esta etapa también implica que los adolescentes dediquen menos tiempo a la familia y más a sus pares, reemplazando las figuras primarias de contacto. Simultáneamente, los adolescentes tratan de definirse a sí mismos entre los cambios fisiológicos, emocionales e intelectuales que pueden alterar su autoconcepto; ellos pueden definirse de una manera cada vez más compleja y abstracta. Esto implica la formación de la identidad no sólo por sus características físicas, sino también por las psicológicas (por ejemplo, los rasgos, los pensamientos, las creencias y los valores), y con respecto a sus relaciones sociales.

 

Sin embargo, en ese camino para lograr autonomía, individualidad y formación de la identidad, aparece el riesgo de experimentar los sentimientos de separación y responsabilidad, y de ahí desencadenar una vulnerabilidad a la soledad emocional y social. Mientras dure este período es de esperar algún grado de soledad, los sentimientos persistentes y dolorosos de este sentimiento no son normales. Además, el fracaso para resolver la soledad antes de terminar la adolescencia puede alterar en forma significativa las relaciones sociales futuras y la salud mental.

 

La juventud representa un espacio ideal para cultivar herramientas sociales y actitudes que mejoren el desarrollo emocional; de esta manera, constituye un tiempo especial para focalizar esfuerzos en investigación e intervención. La falta de relaciones significativas de calidad y en la cantidad necesaria puede provocar al joven tristeza, malestar, aburrimiento, emociones positivas reducidas, sentimientos de vacío, vivencias de aislamiento y distanciamiento y angustia. Los jóvenes que se sienten solos se sienten excluidos. Este es un sentimiento que puede ser perjudicial para el desarrollo de su autoestima. La relación con los iguales también puede ser un factor protector o un factor de riesgo en relación con los sentimientos de soledad.

 

La soledad es un sentimiento afilado. Para algunos es el gran hallazgo de la madurez. Una forma de bienestar y fuente de calma. Para otros en cambio resulta la peor de las torturas y una zona de la que huir a cualquier precio. Lo cierto es que hasta ahora nunca se nos ha educado en la soledad. Se confiaba en el talento personal de cada uno. Pero las cifras han comenzado a hablar por sí mismas. Es muy probable que en algún periodo de nuestra biografía nos encontremos solos. Puede también que no haya que huir precipitadamente. Hay quien afirma que en la soledad uno encuentra lo que te ha llevado a ella. Así que en cierta medida es cuestión de preparación y confianza. De cultivar honestamente nuestras vidas. Eso implica no temer y atreverse a descubrir ese lugar inexplorado. Porque la soledad siempre será un reencuentro que obliga a responder preguntas aplazadas. Algunas sin respuesta.

 

Hasta la etapa de la tercera edad llamada también adultos mayores o vejez, la soledad es una de esas asignaturas pendientes que todos evitamos. Como unas matemáticas emocionales en las que solo unos pocos consiguen nota. Es cuando es más que probable que en varios momentos difíciles nos encontremos solos. Hoy sabemos que el aburrimiento resulta un magnífico estimulante para la creatividad. La soledad elegida también puede ser parte de una sana convivencia con los demás. Simplemente aprendiendo a encontrar nuestra distancia. La soledad es dura a cualquier edad y se ha demostrado su relación con una serie de problemas de salud. Por ejemplo, algunas investigaciones han relacionado el aislamiento social y la soledad con mayores riesgos para sufrir problemas físicos y mentales.

 

La soledad en la tercera edad es uno de los grandes enemigos del bienestar de los adultos  mayores, un tema preocupante sin duda, ya que su calidad de vida no sólo implica un buen estado físico, sino también emocional. La amargura y la tristeza roban las ganas de vivir a muchas personas mayores que se sienten solas. En este sentido, conviene tener en cuenta que la sociedad y el modelo de familia han dado un giro importante en las últimas décadas. Por ello, conviene hacer autocrítica. Con la modernidad hemos conseguido retos muy positivos, pero en la actualidad también tenemos una profunda crisis de valores, y entre ellos se encuentra el irrespeto y la falta de consideración hacia los adultos mayores,

 

En este contexto, conviene recordar que cada persona, haciendo uso de su libertad, es capaz de ir más allá de las circunstancias sociales. Por ello, lo ideal es que los adultos mayores tengan un protagonismo importante en el seno de la sociedad.  El aislamiento social es un problema grave y habitual en la vejez. Muchos ancianos sienten falta de compañía, afecto y apoyo, que se agrava por la carencia de relaciones sociales de calidad. Esto aumenta el retroceso mental e inmunitario durante esta fase de la vida, a pesar de haber mantenido una vida social normal durante las etapas vitales anteriores.

 

Es clásica la presentación de las tres crisis asociadas al envejecimiento: la crisis de identidad, de autonomía y de pertenencia. La crisis de identidad viene dada especialmente por el conjunto de pérdidas que se van experimentando de manera acumulativa, que pueden deteriorar la propia autoestima porque aumentan la distancia que la persona mayor percibe entre su yo ideal y su yo real; La crisis de autonomía viene dada especialmente por el deterioro del organismo y de las posibilidades de desenvolverse de manera libre en el desarrollo de las actividades normales de la vida diaria; La crisis de pertenencia se experimenta particularmente por la pérdida de roles y de grupos a los que la vida profesional y las capacidades físicas y de otra índole permitían adoptar en el tejido social.

 

No obstante, necesitamos distinguir entre estar solo, de manera voluntaria o involuntaria, y sentirse solo, pues es distinto. Pero también entre acusar la soledad de forma negativa (sufrirla) o disfrutarla, incluso necesitarla en ocasiones. También cabe la posibilidad de que se disfruten algunos aspectos de la soledad y que se rechacen o se sufran otros. La cuestión es que, de forma automática, algunas investigaciones sobre vejez centran su foco en la cuestión de la soledad, como si vejez y soledad fueran cuestiones indisolubles.

 

No estamos diciendo, en absoluto, que la soledad no sea un problema a cualquier edad. Concretamente, sentirse solo es terrible. Pero nos negamos a asumir que el hecho de que las personas mayores vivan solas equivalga a que se sientan solas. ¿Por qué? Porque esto implicaría negar su participación en la sociedad. Implicaría negar que una persona mayor que vive sola puede recibir visitas (más allá de las familias) y hacerlas, que tiene amigos, que conversa con sus vecinos, que participa en actividades sociales, que va al cine o a las manifestaciones. Algo que sí debe preocuparnos es que la soledad sea impuesta, porque, por ejemplo, las personas mayores no puedan participar en la sociedad porque su vivienda se lo impida.

 

El ser humano es un ser social por naturaleza, desde que nace hasta que muere. Necesita de los demás para vivir. La soledad surge, entonces, de la tendencia de todo ser humano a compartir su existencia con otros. Si esto no se logra, surgen sensaciones de estar incompleto y la desazón derivada de ello. Aunque la soledad no produce síntomas externos graves, quienes la padecen afirman que se trata de una experiencia desagradable y estresante, asociada con un importante impacto emocional, sensaciones de nerviosismo y angustia, sentimientos de tristeza, irritabilidad, mal humor, marginación social, creencias de ser rechazado y otras más.

 

“La soledad es al espíritu lo que la dieta al cuerpo: mortal, si resulta demasiado larga, pero necesaria.” Luc de Clapiers, Marqués de Vauvenargues 

“Amar la soledad es conectarse con uno mismo con nuestro espíritu y entonces no importa donde estés no te sientes solo” Borja Vilaseca

 

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