𝗘𝗹 𝗳𝗮𝗿𝗶𝘀𝗲𝗼 𝘆 𝗲𝗹 𝗽𝘂𝗯𝗹𝗶𝗰𝗮𝗻𝗼 (AGUSTIN COLL)
A continuación podrán leer nuestro comentario al Evangelio (Lc 18, 9-14) correspondiente al Domingo 30vo del Tiempo Ordinario
*30vo Dgo Tpo
Ord (C)
El fariseo y el publicano
En la parábola del fariseo y el publicano, el
evangelista San Lucas nos presenta dos personajes que suben al Templo a orar
con actitudes completamente diferentes; aunque ambos están convencidos de ser
justos y de que su vida agrada a Dios. Sin embargo, mientras el fariseo se
siente seguro en el templo; el publicano sabe que su presencia en ese lugar es
mal vista por todos.
Los fariseos eran un grupo piadoso judío que
aceptaban la Ley, tanto oral como escrita, y observaban escrupulosamente
numerosas prácticas (366 normas positivas y 250 negativas). Criticaban a Jesús
por perdonar los pecados, no respetar las disposiciones sabáticas y
relacionarse con pecadores. Por su parte, Jesús les censuraba su legalismo externo
y su formalismo hipócrita; sin embargo, Él fue defendido (como ocurrió con
Nicodemo) e incluso invitado por algunos fariseos.
Los publicanos eran personas privadas que
habían conseguido ser contratadas por el gobierno romano para el cobro de los
impuestos. De lo recaudado debían entregar una cantidad determinada, pero, para
su manutención y medios de vida, solían sobrecargar los gravámenes. Por su
proceder, frecuentemente tramposo, eran muy impopulares y considerados a todos
los efectos como pecadores; hasta el punto de que el trato con ellos provocaba
escándalo.
El fariseo del relato “oraba” de pie y con la
cabeza erguida; pero no le daba gracias a Dios por su bondad o misericordia;
sino por lo bueno y grande que era él mismo. Sintiéndose justificado ante Dios
se exhibía en el Templo como superior a los demás. Como contraste, la oración
del publicano era completamente diferente porque sabía que su presencia en el
Templo era mal vista por todos; pero no se excusaba, sino que reconocía su
incorrecto comportamiento y expresaba su sincero arrepentimiento en una frase: “Oh
Dios, ten compasión de mí, que soy pecador”. Esta parábola proclama la
misericordia como valor fundamental del reinado de Dios, que nos invita a ser
también nosotros compasivos con los demás y aliviar sus males.
Jesús censura el legalismo externo y su
formalismo hipócrita, y acepta el arrepentimiento sincero.
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