Apuntes de la Realidad (II): Conversando sobre un tiempo de mi propia vida (Gustavo González Urdaneta)

 

Apuntes de la Realidad (II): Conversando sobre un tiempo de mi propia vida

Gustavo González Urdaneta

Miami 8 junio

 

Según un proverbio celta “el recuerdo no envejece” y, como decían los clásicos “lo que permanece en el recuerdo, nunca muere”. Esto quiere decir que “recordar es vivir”, aunque no se pueda vivir sólo del recuerdo. Creemos que viajar es cuando nos desplazamos en el espacio, cuando cruzamos los mapas geográficos y entramos en otros pueblos y ciudades sin percatarnos que el verdadero viaje se cumple en nuestras propias inquietudes y en la obligación, siempre postergada, de conocerse a uno mismo. Recorrer la senda ya transitada, ser mental y eternamente joven en cuerpo que ya no lo es.   

 

Parece que solo fue ayer que era joven, recién casado y embarcándome en mi nueva vida con mi pareja. Pero de cierta forma parece que fue hace mucho tiempo y ahora pienso, a donde se fueron los años. Sé que los he vivido todos pues tengo visiones como fue entonces y de todas mis esperanzas y sueños. Pero ya estoy en lo que llaman el otoño del patriarca y el invierno de la vida y, aunque no me agarra de sorpresa, no dejo de preguntarme ¿Como llegué aquí tan rápido? ¿Adónde se fueron los años? ¿Cómo los he utilizado? No se trata de una autobiografía sino de ir conversando retazos de la vida que hemos disfrutado y compartido con otros.

 

Solo tenemos que hacerles ver a los hijos y, en particular, a los nietos que el tiempo es un recurso limitado y no renovable y eso seguro que si lo entienden. La expectativa promedio de vida a nivel global es de 82 años o sea que, números aparte, todos hemos nacido con una bolsa llena hasta rebosar con alrededor de 30.000 días. Que estén conscientes de saberlos utilizar.

 

Mis primeros siete años los viví en Maracaibo, así que no hay mucho que contar pues hasta la primera comunión la hice en Caracas. Pero hay algunas “travesuras” que vale la pena recordar. En la Calle Carabobo, donde nací, tenía una vecinita muy linda de mí misma edad y un día, estando los dos en el cuarto de su mamá, se me ocurrió “querer robarle un beso” y Zuaaas!, me clavaron un taconazo del zapato materno en el medio del Coco y ahí terminó mi “primer beso”, que además no se me dió. A ella me la encontré en Caracas a fines de los ‘60 en casa de una amiga común y brindamos por el tiempo compartido en nuestra infancia.

 

Como la mayoría de mis amigos, estuve en mi “primera escuela de primaria” hasta que entré en el colegio Gonzaga de los Jesuitas. Era la escuelita de la Srta. Inés y allí tuve mi “primera burla colegial”. Resulta que un día los baño estaban cerrados por mantenimiento y teníamos prohibido usarlos, pero, estando en la pizarra haciendo no sé qué cuentas, me dieron ganas de hacer “#1” y como dice el refrán, que pare el que tenga freno y zuas ¡Aguas abajo!; uno se dió cuenta, lo gritó a todo pulmón y, dale, todos a reírse. Tremenda pena pero, niños al fin, provocó una reacción en cadena y tuvieron que habilitar dos baños urgentemente.

 

En el poco tiempo que estuve en el Gonzaga tuve mi “primera pelea” aunque en realidad los verdaderos protagonistas fueron mi hermano y mi primo. Les cuento. En mi clase había un compañero grandote que le encantaba “caribear” a los más pequeños. El clásico “bully” de hoy en día. Pues, al tal bully le dió por agarrarme a mí de sopita y me tenía fuñido. Todos los días se ponía detrás de mí en la fila y empezaba a empujarme por la espalda. Así que fui y busqué consejo en mi hermano y primo. Al día siguiente, se acercaron cuando estábamos en plena fila con el bully en plena acción y, recuerdo que mi primo, sin preguntar, le metió un solo derechazo “directo” a la mandíbula y la nariz que se la rompió y quedo tendido en el suelo. Mas nunca se volvió a meter conmigo y yo aprendí como debía hacer en el futuro.

 

Mi infancia hasta los siete años transcurrió en la Calle Carabobo con los hijos de las familias vecinas, algunas hasta familia, de toda la cuadra, con las cuales también nos íbamos de vacaciones escolares y de navidad. Eso me llevó a varias “primera experiencias”. Una vez entré a una de las casas de los vecinos preguntando si había alguien y así llegué al piso de arriba y entré de sopetón a un cuarto donde los dueños de la casa estaban en la cama en pleno disfrute matrimonial y me pegaron un grito para que me fuera. Poco vi pero fue suficiente para mi ferviente imaginación y curiosidad infantil.

 

Los fines de semana asistíamos a un club social que en su mayoría tenían playa sobre el Lago de Maracaibo. En una oportunidad estaba en la punta del muelle de uno de los clubs con mi tío más joven, muy bromista, no se le ocurrió nada más divertido que lanzarme para que aprendiera a nadar. . No se había percatado de que estaban pasando unos cargueros en el horizonte y a los pocos minutos el agua tenía un oleaje nada adecuado para aprender a nadar. Mi mama se da cuenta y le pega un grito ¡Alfonzo, saca a Gustavo! Mi tío agarra un salvavidas y me lo tira y yendo a buscarlo aprendí a nadar y llegué hasta uno de los pilotes del muelle al cual me abracé y de allí me sacaron. No sé si era un método común pero es difícil que un maracucho no sepa nadar.

 

Treinta años más tarde en 1980, con mi hijo Gustavo Enrique Jr. de tres años, pasando unas vacaciones escolares en el club Puerto Azul en Naiguatá, lo agarré por los brazos y lo tiré a la piscina olímpica, al caer al agua enseguida dio la vuelta y regresó a nado a la orilla. A partir de allí el mismo se tiraba y regresaba a nado hasta la escalera. Ese mismo día sin que nos diéramos cuenta se subió al trampolín de 10 metros y se lanzó. Hoy en día hay pocos deportes que no ha practicado, incluyendo paracaidismo.

 

En fin, hasta los siete años tuve una vida muy sana y bien divertida pues mis “viejos” eran muy alegres y les encantaban las fiestas, las gaitas así que nos la pasábamos de lo mejor. Yo llegue a Caracas creyendo en el Niño Jesús y haciendo mi cartica de navidad para mis regalos. Hasta esa época, a principio de los ’50, a mi papá, lo manda la Coca-Cola a encargarse de la Canada Dry en Caracas. La fábrica quedaba en lo que se llama Chacaíto, en plena futura avenida Francisco de Miranda, enfrente estaba la urbanización El Bosque y detrás El Rosal donde vivimos por varios años. Allí empezó mi formación jesuita en Villa Loyola del San Ignacio de Chacao.  Esa es otra de mis primeras etapas en mi vida.

 

En la avenida Tamanaco de El Rosal, construyeron el Parque Infantil Roldan y allí fue donde tuve la segunda oportunidad del “primer beso”. En el parque nos reuníamos casi todas las tardes y teníamos un grupo mixto que jugábamos “la botella”. ¿Acaso existe un juego de mesa más representativo del romance adolescente que el de la botella? Creo que allí fue donde al final di mi primer beso que terminaron siendo frecuentes y variados. Lamentablemente, después de 3 años en Venezuela, mi noviecita y su familia se regresaron a Perú y pasamos a la relacion epistolar que no duró mucho. Es increíble pero a raíz de esta anécdota, y muchos años después,  me enteré por Internet que la mayor de ellas murió en Lima de 18 puñaladas en 1989. La segunda, mi noviecita, aún vive en Lima pero no he conseguido aun como contactarla.

 

En El Rosal aprendí a montar en bicicleta pero no sin anécdotas bien particulares. A mi papá le dio por regalarnos una bicicleta a cada uno de los tres nacidos en Maracaibo, la cuarta, mi hermana María Eugenia, nació en caracas en 1953. A los dos varones nos regaló una inglesa marca Hércules, verde obscuro, excelente y muy resistente y a Elizabeth una de dama, una Benotto más liviana, sin tubo horizontal que creo le predominaba el color rojo.

 

El primer problema que tuvimos era que nos impusieron la restricción de que solo podíamos darle la vuelta a la cuadra de la casa y eso, con el tiempo, resulto monótono, pero, violar la restricción era quedarse sin bicicleta por un mes. Así que ni modo, nos la calamos. Hasta que un día, dos vecinos e ignacianos me propusieron irnos en bicicleta hasta el club Valle Arriba a bañarnos en la piscina. El trayecto era largo y difícil, así que llegamos con la lengua afuera y ¡zuas!  nos echamos un chapuzón en la piscina. Ahí estuvimos como si nada, ni pendientes de lo que habíamos hecho, al menos en mi caso que tenía prohibido salir de la manzana de mi casa.

 

Como a las dos horas iniciamos el regreso al Rosal. Cuando íbamos por la Rio de Janeiro, paralelos al Guaire, manejando manos libres y gritando a pleno pulmón, nos para el chofer de mi papa y me dice ¡Gustavo, tu papa sabe que saliste con la bicicleta y me mando a buscarte!, no tuvo que agregar más nada, ya sabía lo que me esperaba. No les cuento el regaño que me formó y la cosa no trascendió a correazos, pues, mi mamá, como siempre, salió en mi defensa. Un mes sin bicicleta. Los dos amigos se regresaron en sus bicicletas y sus papas ni se enteraron. Terminada la restricción me llevaban el sábado al colegio con la bicicleta y allí me reunía con un grupo de compañeros de La Castellana y Altamira y dábamos vueltas por ambas urbanizaciones. Mas de una vez me fui desde la casa hasta el colegio pero nunca más me descubrieron. Fueron unos años muy divertidos los que pasamos en esas andadas.

 

En esa época se empezaron a formar las pandillas juveniles y, que recuerde, en El Rosal había al menos dos. Una, la de los Bustamante en lo que llamábamos el Rosal de Abajo y, la otra, de los Herrera que vivían justo en la bajada de la Principal de El Rosal hacia el puente de Las Mercedes. Con los Bustamante nunca tuvimos problemas pero no pasó lo mismo con la de los Herrera pues, al principio, cada vez que queríamos bajar a Las Mercedes teníamos que pagar un peaje. Y como eran “guapos” el peaje era que uno de nosotros tenía que agarrarse a golpes con uno de ellos. Después de dos peleas que acabaron tablas llego un día en que salió el más bravo de ellos, un Herrera, y yo andaba con los tres vecinos que vivían en la Tamanaco y eran como mis hermanos de travesuras, y el segundo de ellos, acepto el reto. Allí se acabó el peaje y empezó nuestra amistad con los Herrera pues el nuestro le dió una pasada al Herrera y pidieron tregua. Años antes había tenido lo del bully en el Gonzaga en Maracaibo que se repitió apenas llegue a Villa Loyola en Chacao pero esa etapa aun no la he contado.

 

Como espectador presencié muchas peleas y aún recuerdo algunas. En la urbanización El Bosque, en la parte de abajo, vivían muchos amigos y tenían un club de pesas que dirigían dos amigos que eran los propios “body builders”, tranquilos mientras no se metieran con alguno del grupo. En una oportunidad vino una pandilla, de no sé dónde, buscando pelea y no les cuento la paliza que les dio uno de los dos amigos. Hubo mucho alboroto en la calle pues se fueron parando todos los que pasaban a ver la tremenda pelea. Al final llegó la policía y al ver como había quedado el otro, le preguntó al nuestro… ¿Con que le diste? El otro solo le mostró los bíceps y se fueron tranquilos.

 

Solíamos ir a un bar a tomar cervezas que quedaba al final de un callejón entre el Country y la Castellana, justo antes de pasar los dos árboles bien altos por los cuales se pasaba de una a la otra urbanización. No tengo la mejor idea de porque íbamos pues no tenía ningun atractivo, hasta feo resultaba, así que debía ser uno de preferencia de alguno del grupo. Allí se reunía cualquier mezcla de personajes raros así que era común que se prendieran líos en algunas oportunidades. En una oportunidad una mesa cercana empezó a buscar pelea hasta que se acercaron a la nuestra retando al “guapo” que se les iba a enfrentar. El reto lo aceptó uno que era cinturón negro en karate, que normalmente son bien tranquilos. Ese fue el día en que nos ofreció toda una clase magistral de su arte marcial.

 

En otra oportunidad estaba con unos compañeros Ucevistas tomando cervezas en un bar cerca de la Plaza Miranda en El Silencio y había la costumbre de ir acumulando las botellas vacías en la mesa para facilitar el pago al final. El bar estaba bien concurrido y así estaba el botellero encima de todas las mesas. El hecho es que se prende un zaperoco entre dos mesas cercanas y, no me pregunten cuando, pero empezaron a volar botellas por todo el bar y no nos quedó más remedio que usar las sillas como escudos y unirnos al alboroto. Afortunadamente no hubo heridos graves pero si muchos salimos con uno que otro moretón. En la época del colegio se dieron peleas en los campos de golf y en el estacionamiento del Country pero allí siempre fui mero espectador pero varios amigos si participaron a puño limpio.

 

En una mirada retrospectiva, se puede afirmar que los propósitos y estilos de la educación jesuita, han dejado un sello que ha definido toda nuestra personalidad. Cada uno, a su manera, ha incorporado la herencia recibida a su vida, la ha interpretado, recreado y transferido a sus descendientes. Esta educación católica guio nuestra vida. En todo, Amar y Servir, el lema del colegio. Desde el principio, y durante los años transcurridos en nuestra educación, cobramos un cariño y fervor especial por la Virgen del Colegio. Hoy en día, 2022, después de sesenta y un años de egresados, todos seguimos llevando una imagen de “nuestra virgencita” en la cartera.

 

Cuando en 1951 llegamos a Villa Loyola (VL), aguas abajo no existían sino campos que se fueron usando para futbol y beisbol, pero, si mal no recuerdo, llegaron a ver más de una docena de campos de futbol…creo que hasta catorce incluyendo el campo grande con estadio. Que confirmen los propios. Otro recuerdo que no me abandona, al salir de Villa Loyola, a mano derecha había lo que me dio por llamar “escuela de equitación” pues había caballos y veíamos que asistía gente como a tomar clases de equitación. Pocas veces he tocado este tema y me gustaría que alguno me lo aclarara pues no duró mucho y supe muy poco de esa “academia”.

 

Recién entrado a Villa Loyola, tuve mi primera pelea en el San Ignacio, pues, uno de los grandotes (bully) del segundo grado quiso “caribear” al “maracuchito” recién llegado, obligándolo a ir a ver los caballos. No se me olvida pues me recordaba al bully del Gonzaga que le daba por empujarme por la espalda y así me llevó éste hasta la cerca de donde veíamos los caballos desde adentro de VL. En la última empujada, me pare en seco, lo enfrenté y le mande un zurdazo directo a la nariz. Algo que nunca esperó y se puso a llorar y fue la primera vez que me (nos) mandaron a presentarnos ante el Padre Bonet. Le explique muy claramente de que se trataba y no pasó de un buen regaño y empezó la amistad con quien después nos encontramos y frecuentamos en Miami. Creo que cuando pasamos a cuarto grado en 1953, al primer edificio del CSI-Ch, ya no existían esos caballos, o tal vez fue después y ya no me enteré.

 

Recuerdo que un grupo del colegio nos coleábamos en los cines. Uno compraba el ticket, entraba y disimuladamente se metía detrás de la cortina de una de las puertas de salidas del cine, la dejaba sin cerrojos y se sentaba tranquilamente en la sala cerca de esa salida. Por la calle iba el resto y nos metíamos dentro de la cortina y cerrábamos la puerta. Apenas apagaban las luces salíamos gateando y nos íbamos acomodando en las butacas alrededor del amigo que nos había facilitado la entrada. Lo cómico es que no recuerdo nos diera miedo colearnos ni que nos descubrieran. Vainas de la juventud. Recuerdo haberlo hecho en el cine Paris en La Campiña y en El Lido de El Rosal.

 

Fui casi siempre a los cumpleaños de un compañero que vivia en Los Rosales y en uno de ellos tuvimos una experiencia que merece contarla en detalle. Éramos suficiente como para armar un partido de beisbol, el cual jugábamos en la calle pues tenía muy poco tránsito. Resulta que, estando por comenzar a jugar, se nos presenta una pandilla completa de la urbanización, típicos “guapos” de cuadra que se creían dueño de esta y con cara de malandros. El líder de la pandilla, rodeado de su “gang”, se nos cuadró en el centro y nos dijo que para jugar en su calle teníamos que pagar un peaje. Me recordó a los Herrera en El Rosal. Y el peaje era que uno de nosotros tenía que pelear con él. No le faltaban bolas al líder.

 

Todos nos miramos y nos quedamos mudos cuando vemos que uno de nosotros, que era de los más pequeños de nuestro grupo, alzó la mano como si fuera a responder una pregunta en clase y sonó, en silente, como si Pavarotti hubiera dicho “YO”. La sorpresa fue mayor y general, nosotros y los chicos malos, cuando vemos la pasada de golpes que le dio el nuestro al “malandro”. El pobre no vio luz ni acertó a rozar al nuestro, quien en un dos por tres, lo dejó tirado en el suelo. Pagado el peaje, se esfumaron y jugamos beisbol toda la tarde. Hace poco me vi con ese cumpleañero en casa de su hijo aquí en Miami y él no se acordaba de ese episodio.

 

Personalmente, no me arrepiento de nada de lo que he hecho en mi vida, sino de lo que aún no he podido hacer y sobre todo, el remordimiento por los besos y abrazos no dados, por los amores no correspondidos, por haberme entristecido sin motivo, por los momentos no disfrutados, por las palabras mal dichas, por las amistades perdidas. Seguro que ustedes me entienden. Hay para más pero seguimos en otra oportunidad.

 

“Lo maravilloso de la infancia es que cualquier cosa es en ella una maravilla” Gilbert Keith

Comments

  1. Addendum: Donde hoy se levanta el CCT y el Cubo Negro habia un campo de Polo rodeado por cercas de madera que permitian ver a los jugadores. Ibamos en bicicleta desde la avenida Orinoco de Las Mercedes a verlos.
    Creo uqe todos nos arrepentimos de lo que no hicimos. Se viven muchas vidas, la que vivimos y las que pudimos haber vivido.

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