Justicia, Libertad e Igualdad: ¿Deterioro de la Democracia? (Gustavo González Urdaneta)
Justicia, Libertad e Igualdad: ¿Deterioro de la Democracia?
Gustavo González Urdaneta
Miami 9 junio 2024
Libertad y justicia son dos valores éticos que van de la mano con la paz. Frente a los constantes conflictos, violencias, intolerancia en el mundo entero, como ciudadanos tenemos la misión de trabajar por la paz, respetando los derechos y las libertades de los demás. Convivir en paz y vivir en paz, significa que todos cooperemos para transformar los conflictos y las guerras, en diálogos de negociación y entendimiento mutuos. Nada fácil y pocas veces fructífero, pero a veces no hay otra.
Podemos definir la libertad como el poder, radicado en la razón y más inmediatamente en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. O sea, la libertad es la capacidad humana de actuar por voluntad propia, sin que se le imponga la dirección o manera de tomar y ejercer sus decisiones. El ejercicio de la libertad implica asumir la responsabilidad por los actos propios y las consecuencias de estos para uno y para otras personas.
Actuar con libertad te lleva a ser justo, es el camino para tratar de la misma forma a todos los seres humanos, libertad no es otra cosa que derribar las barreras de la discriminación, del odio, del rencor, de toda forma de violencia con el firme propósito de construir nuevos mecanismos que ayuden a los seres humanos a progresar y ser justos, para convivir en paz. Las libertades individuales fundamentales son la libertad de opinión, de expresión, de circulación, de pensamiento, de consciencia, de religión y el derecho a la vida privada.
La justicia es un valor que inclina a obrar y juzgar, teniendo por guía la verdad y dando a cada uno lo que le pertenece. La justicia como valor democrático es un nivel que se desea alcanzar y está vinculado estrictamente al valor del bien general. La justicia es la virtud de dar a cada uno lo que le corresponde, es decir, de organizar una sociedad según los principios de la honestidad, la equidad y la razón. Se habla de justicia cuando se obra rectamente y conforme a la razón, o sea, cuando se tiene la voluntad de actuar objetivamente y teniendo en cuenta el bienestar común.
Sin embargo, la concepción de lo que es o no es justo puede variar en el tiempo, y también entre una cultura y otra. La justicia, además, está emparentada con otros valores morales como la honestidad, la responsabilidad, la equidad o la imparcialidad. Son justas, entonces, aquellas situaciones en las que triunfa la verdad y tiene lugar una correcta retribución de lo debido. Aprendamos que nuestra libertad está limitada, no tenemos una libertad total, y esos límites son los que norman nuestras vidas y nuestras acciones, no los destruyamos. Respetemos nuestras libertades y actuemos con justicia, para el bien de nuestra ciudad.
Si aplicáramos un análisis tipo FODA a la libertad y la justicia nos parecerían, en general, valores absolutamente positivos y complementarios. Pero, puestos en práctica, no son ni lo uno ni lo otro. La práctica es la economía, un terreno mundano y bastante lioso en el que los conceptos abstractos sirven de poco. Veamos. No se ha inventado, de momento, la libertad sin propiedad privada. De ahí que dicen que los ideólogos conservadores arrebataran a la izquierda el patrimonio teórico de las libertades individuales. En una sociedad completamente libre, la justicia y la igualdad entran en crisis. Y eso es lo que viene ocurriendo en los países industrializados occidentales.
Ronald Dworkin sostiene que hay, en principio, un conflicto entre libertad e igualdad que depende de interpretaciones inadecuadas de ambas. Así, si se define libertad como 'permitir que cada quien haga lo que quiera sin que se le restrinja'; e igualdad como 'dar a todos lo mismo', fácilmente se puede mostrar que la libertad y la igualdad chocan. Y lo hacen puesto que no tienen en cuenta los ideales políticos que deberían representar. Ninguna interpretación de la libertad políticamente aceptable permitiría que los individuos hicieran lo que quisieran sin restricción, ya que el asesinato, el robo y la violación tendrían que ser permitidos. Del mismo modo, sostener que la igualdad consiste en distribuir por igual sin tener en cuenta los méritos, sería aceptar que es políticamente correcto mantener al vago y castigar al trabajador. Ninguna de estas interpretaciones se toma en serio lo que pensamos sobre libertad o igualdad. Pues terminan por tornar en vicio lo que consideramos una virtud. La libertad irrestricta conduce al abuso y la igualdad sin merecimiento, a lo injusto. En palabras de Dworkin.
La igualdad debe ser vista, según Dworkin, como igualdad de recursos, entendiendo por tal el conjunto de lo que él llama «recursos personales e impersonales». Entre los recursos personales están la salud física y mental, la fuerza, el talento; entre los impersonales, las propiedades, las materias primas, los derechos legales. La diferencia fundamental entre unos y otros radica en que los recursos impersonales se pueden repartir, mientras los personales son intransferibles: uno nace con talento o sin él, con fuerza o sin ella, con buena o mala salud, y es imposible cambiar de raíz esas condiciones. Lo que debe hacer la igualdad que Dworkin llama «liberal» es intentar compensar esas desigualdades personales de la forma más eficiente que sea posible. Para ello propone separar la igualdad del bienestar, pues no es en bienestar en lo que deberían igualarse las personas, sino en recursos. El bienestar depende, en gran medida, de preferencias y circunstancias subjetivas.
En la política y en la academia se empieza a minusvalorar la libertad y en esos entornos la libertad y justicia no son, en la práctica, del todo complementarios. La historia nos ha enseñado que la riqueza va concentrándose en unas pocas manos. La invocación a la libertad crea desigualdad e injusticia. Los grandes pensadores liberales, desde Adam Smith hasta John Rawls, siempre han advertido de los peligros del capitalismo libérrimo e insisten en las cautelas: los derechos de los más poderosos no pueden prevalecer sobre los derechos de los débiles, porque la sociedad se desestabiliza y se rompen los fundamentos de la convivencia.
La historia enseña que los excesos, los desequilibrios entre valores igualmente nobles, se corrigen con movimientos pendulares (p.e. expansionismo y liberalismo económico), generalmente bruscos. Empieza ya a percibirse, en la política y en la academia, una cierta minusvaloración de la libertad. Se percibe también una cierta equiparación entre justicia y revancha de los oprimidos. Habrán notado ya, por sí mismos, que el mundo va mal. Pronto puede ir aún peor.
El estallido de protestas masivas en diversos entornos políticos en 2019 resaltó el carácter universal del deseo del ser humano de contar con libertades básicas y buena gobernanza. En todos los países y territorios por igual, independientemente de su calificación de libres, parcialmente libres o no libres, el pueblo se volcó a las calles para expresar su descontento con los sistemas políticos vigentes y demandar cambios que generen resultados mejores y más democráticos. Se produjeron importantes movimientos de protesta en Hong Kong, Argelia, Bolivia, Chile, Etiopía, Indonesia, Irak, Irán, Líbano y Sudán, entre otros. No obstante, dado que resulta frecuente que dichos movimientos se enfrenten a intereses firmemente arraigados, hasta la fecha no han logrado mejoras sustanciales en la libertad en el mundo.
La concepción democrática -tanto de la persona, como de la sociedad, parece ser la que tiene más posibilidades de respetar las condiciones fundamentales de la personas humanas; en particular la de establecer, discutir y mejorar las concepciones que afectan a la libertad y a los límites que ellas mismas se imponen igualmente. En una democracia, la libertad de opinión y de expresión o discurso es necesaria pero insuficiente e imposible sin la admisión de igualdades previas (que implican también medios materiales) que hagan, en la práctica, posible este discurso. Sin estas igualdades previas, al menos en una realización progresiva, el principio de la libertad y la justicia permanece en el ámbito de la filosofía idealista.
El informe Libertad en el Mundo 2020 de Freedom House presenta una evaluación de los derechos políticos y de las libertades civiles en 210 países y territorios del planeta. Se concentra en los hechos ocurridos entre enero y diciembre de 2019. Transcribimos sus principales conclusiones:
- 83 de los 195 países evaluados (43 %) se calificaron como libres, 63 como parcialmente libres (32 %) y 49 (25 %) como no libres. La proporción de países libres se redujo en 3 puntos porcentuales respecto de la década pasada, en tanto que el porcentaje de países parcialmente libres y no libres aumentó dos punto y un punto, respectivamente.
- Se registró un aumento en la brecha entre reveses y mejoras. En 2019 la población de 64 países sufrió un deterioro en sus derechos políticos y libertades civiles, al tiempo que se produjeron mejoras para los habitantes de 37 países solamente. La diferencia fue menor en 2018: en ese año 68 países experimentaron deterioro y 50 lograron mejoras.
- Los países que registraron los mayores avances y deterioros se concentraron en África. En Benín, Mozambique y Tanzania hubo procesos electorales deficientes y represión estatal del disenso, en tanto que Sudán, Madagascar y Etiopía se beneficiaron del progreso dirigido a la reforma y a un gobierno más democrático.
- En los últimos 14 años la mayoría de las democracias establecidas registraron deterioros. De las 41 democracias más establecidas del mundo en 2005 (definidas como las que obtuvieron anualmente la calificación de libre durante los 20 años anteriores) 25 han sufrido disminuciones netas en sus puntajes.
- Las protestas masivas arrojaron resultados heterogéneos en la calificación integral de cada país o territorio. Por ejemplo, la pérdida de cuatro puntos de Hong Kong se debió en parte a los actos represivos de la policía y de los matones progubernamentales. Sudán subió cinco puntos después de que sus movimientos de protesta allanaran el camino para el gobierno transicional de coalición.
- Dado el vacilante apoyo a las libertades demostrado por los estados democráticos en la escena internacional, las potencias autoritarias han ampliado su influencia en el mundo mediante guerras subsidiarias, interferencia electoral y censura más allá de sus fronteras.
Aunque creamos que la mayoría del mundo vive en democracia, la realidad es muy distinta. Según “The Economist” cerca de un 37% de la población mundial está gobernada por un régimen autoritario. Algunos son mundialmente conocidos, como es el caso de Venezuela, Yemen o Corea del Norte, sin embargo existen muchos otros que no suelen estar en el foco mediático aunque sus habitantes sufran una dura represión por parte de sus gobernantes.
La web “World Population Review” realizó un estudio a fines de 2022 que presenta una lista con los 52 países que viven bajo un régimen dictatorial en nuestros días.
La democracia mundial está en deterioro por lo que es necesario pensar cómo podemos fortalecerla y, en muchos casos reconstruirla, porque es la forma de gobierno que mejor permite la pluralidad entre distintas corrientes de pensamiento. Venezuela tuvo una larga y difícil transición hacia la democracia en la primera mitad del siglo XX que duró casi hasta final del siglo pues se cumplía con los estándares de elecciones libres, justas, transparentes y competidas que son las pautas internacionales. Desde el principio del siglo XXI se instauró la tiranía actual.
“La democracia debe guardarse de dos excesos: el espíritu de desigualdad, que la conduce a la aristocracia, y el espíritu de igualdad extrema, que la conduce al despotismo” Montesquieu
Comments
Post a Comment